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Hoy vemos 3 millones de años de evolución resumidos en una imagen. El cráneo de la izquierda es la reproducción de un cráneo del Australopithecus afarensis (especie a la que perteneció el famoso fósil Lucy) y el de la derecha es la reproducción de nuestro cráneo. Los Australopithecus afarensis son una especie ya extinta que se considera antecesor de la nuestra junto a otros Australopithecus (posterior a la especie que ya conocimos y describimos, los sahelanthropus tchadensis). Los Australopithecus eran especies que se desplazaban erguidos de manera regular. Se considera que ponían en marcha esta capacidad más que los Sahelanthropus y otros Ardipithecus, aunque todavía se movían en los árboles con agilidad. Sus características eran “mitad humanas, mitad mono”.

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Rápidamente nos damos cuenta del rasgo que “más gustó” a la Selección Natural durante esos 3 millones de años: el crecimiento espectacular de la cavidad craneana. La de los Australopithecus alcanzaba en torno a 400 cm3. Nosotros triplicamos esa cifra y llegamos a más: unos 1300 cm3.

La mejora de nuestras habilidades parece excesiva incluso para haber pasado “sólo” 3 millones de años.

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