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brainsize2Cuando comprendes el proceso de evolución de una especie comprendes que no se trata de la suma de un conjunto de cambios fortuítos en la configuración genética de la especie sino más bien del triunfo de determinados cambios genéticos fortuítos en un determinado entorno en un momento preciso. Por ello imaginar el proceso evolutivo puede causar admiración: comprendes que el estado actual de una especie es el resultado de un proceso en el que, de haber cambiado cualquiera de las variables que intervinieron, el resultado podría haber sido completamente diferente. A menudo ocurren coincidencias muy llamativas como el fenómeno de la evolución convergente que nos deja casos tan curiosos como el del pez con dentadura humana que ya tratamos. Pero por término general pordemos afirmar, gracias a la enorme diversidad de organismos existentes en la naturaleza, que diferentes entornos, momentos, ecosistemas, sucesos, etc, dan lugar a cosas muy diferentes.

El ser humano no es una excepción. Nuestro estado actual como especie, nuestra forma, nuestras habilidades, todo lo que nos compone es el resultado de nuestra especie conviviendo en determinados entornos en determinados momentos a lo largo de la historia. Podríamos decir que una especie actual es un compendio de concretas y agradables coincidencias, de multitud de “estar en el lugar indicado en el momento justo”.

Hoy nos vamos a ocupar de una de esas variables que en un determinado momento histórico (entendiendo que momento en la evolución puede significar un conjunto de miles de años) intervino en la evolución del ser humano impulsando el crecimiento de nuestro cerebro y por tanto constituyendo buena parte de lo que nos hace ser como somos. Se trata de una hipótesis que une la emergencia del Homo sapiens con el cambio climático y la teoría tectónica de placas.

Grandes cambios en el entorno significan “empujones” para la evolución: África Oriental y el ser humano

Sabemos que la evolución consiste en la aparición de mutaciones espontáneas en la especie y su selección o no en función de cuán útil resulta al individuo para sobrevivir y para reproducirse.

Imaginemos una especie de mono que habita en la selva en la que un individuo nace con el pelaje blanco. En un entorno selvático, esa mutación seguramente le sirviera de más bien poco pues le haría, imaginemos, más llamativo para sus depredadores. En cambio, imaginemos que esa mutación ocurre en un entorno selvático en donde a kilómetros de distancia ha caído un meteoríto gigante cuya polvareda tapa el sol y cambia el clima durante los próximos cien años. Imaginemos que ahora en esa selva se llena de nieve. La mutación resultaría utilísima para el mono, el cual tendría mayor opción para sobrevivir y por tanto disponer de más tiempo para reproducirse y fecundar a más hembras. Al cabo de los años (si quitamos, por afán de simplificar el proceso, otras variables que pudieran intervenir) el resultado sería que esa especie de mono selvático ahora sería mayoritariamente blanca: el cambio ha ocurrido; ha habido evolución.

Esquema de las placas tectónicas terrestres

Algo así como lo dicho en este ejemplo se postula que ocurrió en África Oriental y Gran Valle del Rift y que intervino en la formación de nuestra especie: un cambio drástico del clima y del entorno. Pero no causado por el clásico meteorito sino por el choque de las placas tectónicas India y la Euroasiática hace 20 millones de años que dio como resultado el levantamiento de la meseta tibetana. Esta meseta, debido a complicados movimientos de las corrientes de aire, inició un proceso de cambio climático que hizo que África Oriental pasase de ser una región relativamente plana y forestal a una descarpada dominada por la rápida aparición y desaparición de grandes lagos de agua dulce.

Nuevo terreno, nuevas necesidades

De modo que las cosas quedaron así: de un entorno forestal, África Oriental y Valle del Rift pasó a ser un lugar escarpado en donde la vegetación no está por doquier sino que se limita al entorno de los lagos y en donde estos lagos “aparecen y desaparecen” en ciclos de unos 20.000 años (en función de la órbita de la Tierra en torno al Sol). Este nuevo entorno impulsó ciertas habilidades en las especies homínidas hace 6 millones de años, como es el caso de nuestra capacidad de andar erguidos para recorrer las mayores distancias entre fuentes de alimentos de este entorno nuevo.

La “explosión” homínida

Hace 1.8 millones de años se considera que fue el periodo en donde convivieron mayor número de especies homínidas diferentes, y se considera que esta diversificación homínida (esta “explosión” de la especie) tuvo que ver con ese ritmo de aparición y desaparición de los grandes lagos de África Oriental y por tanto con el choque de las placas India y Euroasiática hace 20 millones de años. Fue en esta época cuando “surgieron” las especies homínidas con gran capacidad craneal como el Homo rudolfensis y el Homo erectus, apoyadas por la necesidad de sobrevivir en un entorno más complejo, aunque se desconoce todavía alguna causa más concreta que pudiera dirigir el asombroso incremento de la capacidad craneana de estas especies.

También se considera que este cambio tuvo que ver con la expansión de estas especies por el resto del mundo, del Gran Valle del Rift a Eurasia empujados por la búsqueda de un territorio más “amistoso”. Se considera que estos movimientos migratorios tuvieron lugar tanto en los momentos de esos ciclos de 20.000 años en los que los lagos estaban completamente secos (y la zona, por tanto, era extremadamente seca) como en los momentos en que estaban completamente llenos (y existía, por tanto, menor porción de territorio habitable). De hecho, se considera que el ciclo migratorio que llevó a Eurasia a las especies homínidas de mayor capacidad craneal que por entonces vivían en África se inició en un periodo de “encharcamiento” de África Oriental y Valle del Rift que permitió que las especies explotaran diversos nichos en un entorno altamente productivo (mucha vegetación) pero poco espacio (mucho espacio ocupado por los lagos.

La contracción en el número de especies homínidas, por contra, se considera que ocurrió en un momento de desecación de los lagos que llevó a las especies a competir entre sí, “ganando” las mejor dotadas para el enfrentamiento, como es el caso del Homo erectus, dotado de un cerebro mayor, un tamaño corporal mayor y hombros que le permitían lanzar proyectiles, además de un comportamiento social más complejo.

Y para terminar, una pregunta para reflexionar: ¿cómo seríamos si no hubiesen chocado aquellas placas, si no hubiesen ocurrido tales cambios? ¿Existiríamos?

Lee más en “Early Human Speciation, Brain Expansion and Dispersal Influenced by African Climate Pulses

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