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Comportamiento moralLa moral es un concepto escurridizo. “Moral” es un constructo creado para compilar ideas del ser humano que tienen que ver con justicia, bondad, maldad… Ideas sobre cómo “debe ser” nuestro comportamiento, una serie de reglas no escritas, algo así como un fuero interno con que nuestra especie “mide” lo “acertado” de sus acciones en una escala en donde lo alto está esa idea denominada Bien y en lo más bajo esa idea denominada Mal. Curiosamente, el comportamiento moral está íntimamente ligado con la vida de los demás, con la idea de que existen otros seres humanos que pueden verse influidos por nuestras elecciones. El comportamiento moral, de hecho, parece ir en una única dirección: una capacidad de no anteponer siempre nuestro beneficio, de mirar por los demás en aras de un bien común que no tiene por qué ser ni directo, ni inmediato ni concreto.

Pero, ¿de dónde brota esta capacidad de comportarnos así? ¿Por qué somos capaces de siquiera considerar comportarnos moralmente? ¿Qué beneficio nos aporta la moral?

Aunque la moral parezca para los humanos un dulce fruto de nuestro cerebro que nos separa del resto de animales y durante siglos se hayan señalado estas capacidades como ejemplo de nuestra naturaleza “más elevada”, lo cierto es que esa “naturaleza elevada” no encaja mucho en el funcionamiento de la naturaleza misma. Todo lo que tenemos como especie es fruto de una evolución moldeada por el paso del tiempo y los muchos diferentes contextos evolutivos por los que nuestra filogenia ha transcurrido. Nuestra capacidad “moral” no debe ser considerada mejor o “más elevada” que, por ejemplo, las garras para un tigre o que cualquier mínima capacidad de una bacteria: somos especies coetáneas, por tanto, igualmente válidas para la supervivencia  y, por tanto, igual de bien dotados y válidos a ojos de la naturaleza (de hecho, las bacterias llevan muchos más siglos en este planeta que nosotros).

Hemos de pensar, pues, que esta capacidad para distinguir entre el “bien” y el “mal” está con nosotros porque ha resultado adaptativa de alguna forma. Ha sido seleccionada esta capacidad  de contraponer opciones y añadirle el valor de “bueno” y “malo” basada en una serie de circuitos neurológicos porque ha resultado útil a la especie.  Su valor se vuelve obvio: el comportamiento moral es una inestimable ayuda para una especie que debe vivir en grandes sociedades como la nuestra.

Nos comportamos moralmente porque nos resulta útil. El hecho de poder “ser morales” nos facilita la vida. Sin nuestra capacidad para comportarnos moralmente, la vida en sociedad, la vida humana sería harto más difícil.

Deducida la justificación natural de nuestro comportamiento moral, ahora podemos detenernos en examinar capacidades nuestras que permitan un comportamiento así. ¿Qué nos permite comportarnos moralmente? Podemos tratar de desgranar el comportamiento moral en una serie de capacidades necesarias:

  1. Una capacidad para elegir entre diversas acciones
  2. Una capacidad para conocer lo “bueno” y lo “malo”
  3. Una capacidad para contrastar con el resto
  4. Y, en términos generales, capacidad para interiorizar normas sociales y aprendizajes relacionados con ellas (educación en moral)

Una capacidad de elegir entre acciones: flexibilidad, consciencia y voluntad

Comportamiento moralEl hecho de que seamos capaces de ser seres morales se debe a que disponemos de un cerebro lo suficientemente evolucionado que nos lo permite. Claro está que decir que somos morales porque tenemos cerebro es un argumento que no satisface a nadie. Pero las bases de nuestro comportamiento moral, como las de cualquier otro comportamiento, se encuentran en el encéfalo.

Podemos decir que para ser morales necesitamos disponer de una serie de habilidades cedidas por un desarrollo mayor de nuestro cerebro comparado al de otras especies. El ser humano puede mantener un comportamiento moral, es decir, basado conscientemente en un conjunto de reglas no escritas pero consideradas buenas y deseables, a diferencia, por ejemplo, de los caballos simplemente porque nuestro cerebro nos ha concedido mayores habilidades de procesamiento. ¿Qué habilidades son estas? Algunas que pueden considerarse son las siguientes.

Flexibilidad de comportamiento

La moral y el comportamiento moral, primero, parecen necesitar para que sea considerado así flexibilidad del comportamiento. El comportamiento moral parece ser una “elección correcta”. Por tanto, la moral parece implicar la necesidad de disponer de varias opciones de comportamiento y elegir una de ellas: la mejor con respecto a este “escurridizo rasero”.

Difícilmente consideraremos moral el comportamiento, por ejemplo, del lobo que ha perdido una lucha de dominancia contra el líder de su manada y que se retira de la contienda ante la primera exhibición de poder, sin tratar de herir a ese líder. Diremos seguramente que su comporatmiento está dominado por una serie de procesos “básicos” o “primitivos” en que intervienen emociones como el miedo y reflejos basados, por ejemplo, en el procesamiento del tamaño del contrincante y mediados por el nivel hormonal del lobo en cuestión. En cambio, cuando un ser humano ha sido atacado por otro y elige no devolver el ataque sino tratar de solucionar el conflicto por vías no violentas y “más humanas”, seguramente diremos que este individuo exhibe un comportamiento moral.

En el anterior ejemplo, el lobo no parece ser capaz de elegir su comportamiento sino que este comportamiento está indisolublemente ligado con cuestiones “animales” como las emociones, el nivel hormonal o el tamaño del cuerpo del contrincante. En cambio al ser humano sí que le atribuímos esa capacidad de elección.

Consciencia

Comportamiento moralDentro de lo flexible de nuestro comportamiento, para que el comportamiento sea considerado moral parece hacer falta, además, no sólo una elección sino una elección consciente.

Vamos con otro ejemplo para describir este punto. Imaginemos que vamos paseando tranquilamente por la calle y el individuo que va a nuestro lado tropieza y nosotros, sin que medie pensamiento alguno, por simple reacción a su movimiento brusco, movemos nuestros brazos para sostenerlo. Difícilmente consideraríamos ese “acto reflejo” como una muestra de nuestra moralidad porque no hemos podido elegir no hacerlo. “Nuestro cuerpo ha respondido por nosotros”. No hemos sopesado bien y mal, correcto o incorrecto.

La cosa cambia si durante nuestro paseo, en lugar de ver tropezar al individuo que va a nuestro lado, vemos que en la ventana del edificio de enfrente hay un individuo que necesita socorro porque su casa está en llamas. En ese caso podemos elegir varios cursos de acción: desde ignorar lo que hemos visto por no llegar tarde a nuestra cita, pasando por parar a llamar desde nuestro móvil a los bomberos, hasta decidir correr nosotros mismos a tratar de sacarlo de las llamas. La existencia de esa serie de elecciones parece permitir la existencia del comportamiento moral y, es más, la existencia de comportamiento moral en distinto grado: ignorar al individuo es amoral, llamar a los bomberos es moral y correr a socorrerlo sin esperar a los bomberos parece más que moral.

Voluntad

Ligada a la consciencia aparece la voluntad de la acción. Para ejecutar la acción consciente hace falta voluntad de ello. Y a su vez, para que una acción sea considerada moral para un individuo es necesario que este individuo haya querido hacerla por sí mismo y no se haya originado por coacción.

Si al ejemplo anterior del incendio añadimos un nuevo elemento relacionado con la voluntad puede cambiar la concepción moral sobre la decisión del individuo que la ejecuta. Imaginemos, por ejemplo, que junto a nosotros está en la calle un familiar de la persona que está atrapada en el incendio, y que esta persona saca una pistola y nos amenaza con asesinarnos si no corremos a socorrer a su familiar. Seguramente correremos a socorrer al familiar optando por una posible muerte en el incendio en vez de por una muerte segura e inmediata a manos del familiar que tiene la pistola. La acción es la misma (correr a auxiliar al individuo), pero debido al origen de esa acción (coacción vs. acción voluntaria), el sentido moral de la misma cambia diametralmente.

Una capacidad para conocer lo “bueno” y lo “malo”: emociones

Comportamiento moralDe acuerdo. Para poder ejecutar acciones considerables como morales, necesitamos un sistema de comportamiento que nos permita un abanico de respuestas no automáticas, que nos permita ser conscientes y voluntarios en la acción. Pero la flexibilidad, consciencia y voluntad pueden considerarse capacidades raíces del comportamiento moral así como de otros muchos comportamientos humanos (por ejemplo, de la toma de decisiones en general, sean o no morales). El comportamiento moral precisa algo más. Así como el razonamiento es una habilidad que nos permite distinguir entre “lo mejor” y “lo peor” para nuestros objetivos (aunque esto pueda responder más bien a una ilusión de raciocinio), el comportamiento/pensamiento moral implica un acto/pensamiento en donde se distingue entre lo “bueno” y lo “malo” con respecto a ese fuero de la especie humana. Pero, ¿qué es lo bueno y qué es lo malo? ¿Cómo se establece? ¿Por qué hay cosas que nos parecen buenas y otras malas? ¿Qué hay en nuestra naturaleza que así nos lo indique?

Lo que es bueno o malo puede considerarse de dos formas: lo bueno o malo en términos “racionales”, que indica qué es lo mejor para nuestro curso de acción (por ejemplo: ¿qué como hoy, merluza a la plancha o hamburguesa? Mejor merluza, que ayer comí salchichas y ya fue suficiente grasa para mis arterias) y que busca la mejor opción por útil; y lo bueno o malo en términos “morales”, que indica lo que más conviene para “tener la conciencia tranquila”, “ser buenas personas”, etc. (por ejemplo: ¿ayudo a la persona a salir del incendio o paso y sigo andando a la fiesta a la que voy?). En estos últimos términos, lo bueno y lo malo parecen tener consecuencias emocionales en nosotros. Queremos hacer “el bien” porque nos hace sentir bien y evitar hacer “el mal” porque nos hace sentir mal (al menos a los sujetos mentalmente sanos).

En el comportamiento moral, el bien y el mal son, por tanto, lo que nos hace sentir bien o nos hace sentir mal. Y “sentirse bien” o “sentirse mal” es un tema de emociones.

Nuestro sistema de emociones es, que sepamos, el más complejo de entre todas las especies. Contamos con un bagaje innato de las mismas, las denominadas (según la tipología de Eckman) Emociones Primarias (alegría, tristeza, ira, miedo, asco, sorpresa), y con otra maleta llena con las denominadas Emociones Secundarias (culpa, vergüenza, orgullo, celos, hostilidad…), al parecer no innatas sino aprendidas pero basadas en las primarias, que además necesitan la existencia de identidad personal, normas sociales internalizadas o en proceso de internalización y una capacidad de contrastación entre la identidad personal y esas normas sociales.

En este equipaje de emociones se asienta buena parte de nuestra moral. Los juicios y decisiones morales parecen conectar especialmente con ellas y depender sus resultados en gran medida de ellas. El comportamiento moral tiene consecuencias emocionales muy positivas para nosotros y consecuencias emocionales muy negativas para nosotros. Esta especial polaridad emocional puede sustentar el hecho de que nuestra especie se halle altamente motivada para comportarse moralmente.

Una capacidad para contrastar con el resto: empatía y reciprocidad

Recapitulando hasta el momento, hemos dicho que tenemos capacidad de comportarnos moralmente porque 1) podemos elegir entre diversos cursos de acción (en base a nuestra flexibilidad de comportamiento, consciencia y voluntad) y 2) porque contamos con un sistema de emociones que nos permite orientarnos hacia unas u otras elecciones con motivo (sentirnos bien vs. sentirnos mal). Podemos describir todo lo anterior dicho como una balanza. La capacidad de elegir los diversos cursos de acción constituiría la balanza y nuestro sistema de emociones serían los pesos que inclinan la balanza en una dirección o en otra.

Lo que necesitamos ahora para seguir construyendo nuestra capacidad de comportamiento moral es integrar a los demás, al resto de ser humanos, en este sistema. ¿Qué nos permite orientarnos hacia los demás y responder emocionalmente según el comportamiento que mantenemos hacia los otros? ¿De qué brotan las emociones positivas o negativas que experimentamos en función de cómo nos comportemos con otras personas directa o indirectamente? ¿Qué nos motiva a orientarnos hacia otras personas?

Comportamiento moralEmpatía

La definición clásica de empatía es la de capacidad de “ponerse en el lugar del otro”. Esta capacidad puede darse en grados diferentes pero la más significativa para el comportamiento moral puede ser la capacidad de reconocer y experimentar las emociones del otro.

La empatía nos permite “hacernos una idea” aplicando una suerte de pensamiento reflexivo de las consecuencias, emocionales o de otro tipo, que pueden tener para otras personas una determinada forma de comportamiento que elijamos. Ser capaces de sentirnos bien por “hacer el bien” a los demás no parece que radique en el mero hecho de ejecutar determinada acción sino en anticipar las consecuencias positivas en otras personas así como en nosotros mismos a raíz de ejecutar una acción x. Asimismo, ser capaces de sentirnos mal por “hacer el mal” parece radicar en anticipar las consecuencias negativas en otras personas.

Podemos observar a la empatía como la otra cara de la vertiente emocional en el proceso del comportamiento moral. “El bien” en términos morales es aquello que nos hace sentir bien a nosotros (emociones propias) y aquello que, según nuestra percepción, hace sentir bien a otras personas (empatía).

Estamos motivados a orientarnos hacia los demás y, por tanto, a practicar el comportamiento moral porque sus emociones se reflejan en las nuestras y viceversa.

Reciprocidad y cooperación

El comportamiento moral, como fruto del proceso evolutivo y adaptativo, es útil para el individuo. En este caso, es útil para el individuo en sociedad. Es un proceso en el que en la mayoría de las ocasiones supone una reducción del beneficio personal para aumentar o preservar el beneficio común. Pero no por ello ha de considerarse el comportamiento moral como carente de beneficio para el individuo. Optar por el comportamiento moral significa optar por vías de comportamiento diferente que llevan a un beneficio de distinta clase, pero beneficio al fin y al cabo. Por ejemplo, el individuo que opta por auxiliar a la persona que está pidiendo socorro desde una ventana porque su casa se quema en vez de seguir su camino a la fiesta, lo hace seguramente por el fuerte impacto emocional y cognitivo que supondría para sí mismo saber que dejó morir a esa persona, por la vergüenza de anticipar que alguien pudiera saberlo, etc. Pero también por esa máxima del “no quieras para los demás lo que no quieras para ti” que en la naturaleza recibe el nombre de Principio de Reciprocidad, una regla tácita que parece ordenar “beneficia al que te beneficia” no solo en la especie humana.

Estamos motivados a orientarnos hacia los demás y, por tanto, a practicar el comportamiento moral porque el simple hecho de hacerlo es potencialmente beneficioso para nosotros, no solo en términos emocionales sino también prácticos. El beneficio común, el beneficio del otro en detrimento del individual es también beneficio individual aunque de otra clase.

Comportamiento moral

Para terminar

Hablar de comportamiento moral es complicado porque no se trata de algo discreto. Lo moral de un comportamiento es más una cuestión de grado. Incluso las personas no somos morales o amorales. Podemos ser morales en determinadas ocasiones y no serlo en otras. De este mismo modo, es igualmente cuestión de grado la dimensión anteriormente descrita de emoción. Si hemos dicho que las emociones constituyen la motivación orgánica o interior para comportarse moralmente, esta motivación es función del grado de emoción que suscite una acción o situación concreta. No es lo mismo la emoción que envuelve, por ejemplo, al comportamiento moral que supone mentir o no mentir para conseguir un puesto de trabajo que la emoción que envuelve al comportamiento moral que supone mentir o no mentir para salvar la vida a alguien.

Lo mismo pasa con las dimensiones de empatía y reciprocidad como motivación para el comportamiento moral. Estas, más que cuestión de grado, parecen cuestión de momento o de quiénes estén implicados. No serán iguales la empatía y percepciones de reciprocidad que podamos tener con, por ejemplo, un miembro de nuestra familia que con un desconocido que nos crucemos por la calle. Por esto, quizás, nos cueste menos comportarnos moralmente con nuestro entorno cercano que con completos desconocidos.

Conoce más en “Frans de Waal: Moral behavior in animals” y ”Cooperation in Primates and Humans: Mechanisms and Evolution“.

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