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03La evolución de la pelvis de la mujer contiene un interesante misterio no resuelto: el dilema obstétrico: ¿Por qué la pelvis de la mujer es como es y no está preparada para partos más fáciles?

Este dilema parte de dos hechos evolutivos, al parecer, en directa confrontación si se observa ante el siempre curioso escenario que dispone la Selección Natural. Por un lado, según algunas teorías, una pelvis estrecha facilita la locomoción bípeda. Por otro, una pelvis estrecha dificulta el parto. Y por otro lado más, una pelvis pequeña limita el tamaño craneal de nacimiento para la especie, y el tamaño craneal limita el desarrollo cerebral. Y nuestra especie es una “experta” en esto de desarrollo cerebral. El dilema obstétrico está servido. ¿Qué “fuerzas” evolutivas se enfrentan como para que la pelvis femenina sea como es, a pesar de cómo complica el parto?

Lo complicado del parto humano en comparación con otras especies

El parto humano es largo y tremendamente doloroso en comparación con otras especies, incluidos otros primates. Dura de media unas 9 horas frente a las dos horas que suelen durar los partos de otros grandes simios, los cuales no necesitan asistencia de otros de su especie.

La principal dificultad a la que se enfrenta una mujer durante el parto es la de sacar a luz la cabeza de su hijo de unos 35 centímetros de diámetro, igualada con el diámetro del torso (o a veces incluso mayor). En esta imagen podemos ver en comparación con otros primates la dificultad a la que se enfrenta una mujer parturienta a pesar de que en la fase previa a la expulsión del bebé su cuello uterino se ha dilatado unos 10 centímetros.

dilema obstétrico

Comparación de la abertura pélvica con el tamaño craneal del recién nacido

Además, no es un proceso que permita a la madre parturienta seguir una vida normal. El fin de la gestación, el parto humano supone, de media, 9 horas de sufrimiento, paralización y, en definitiva, indefensión sonora. ¿Cómo puede haber seleccionado la naturaleza algo así para nuestra especie? Durante ese tiempo, los gritos de la parturienta y su completa incapacidad para defenderse, sumados al olor de la sangre y resto de líquidos, la mujer resulta una presa fácil si no contamos con un entorno protector como el actual. Obliga al grupo a estar pendiente del proceso. Muy “desadaptativo” el proceso que da origen a una nueva vida. No es extraño preguntarnos cómo por Selección Natural pudimos quedar configurados así.

dilema obstétricoDilema obstétrico: límites al desarrollo cerebral

El hecho de que nuestra especie bípeda necesite pelvis más pequeñas que las de otros simios choca de frente con nuestra dotación de un cerebro mayor. Nuestro bipedalismo y la evolución de nuestro encéfalo se enfrentan directamente, obligando a que el porcentaje de desarrollo alcanzado en el útero sea menor en comparación con, por ejemplo, los chimpancés: ellos alcanzan en torno al 40-50% del desarrollo cerebral dentro del útero, nosotros llegamos tan sólo al 25%-30% (puedes verlo gráficamente en “Crecimiento del cerebro: Despacio es mejor“.

Nacemos más inacabados que otras especies, indefensos y necesitados de un periodo largo de cuidados sin los que moriríamos.

Dos hipótesis enfrentadas para explicar el dilema obstétrico

La hipótesis obstétrica sitúa el enfrentamiento y la necesidad de equilibrio evolutivo entre la locomoción y la capacidad de tener bebés. Postula que la evolución nos condujo a este camino pero nos sirvió una solución de mínimos y máximos. La Selección Natural, “confabuló” para que el desarrollo uterino del ser humano se detuviese en el momento en que el tamaño del cráneo era lo suficientemente pequeño para caber todavía por el conducto uterino y las caderas sin causar daños para sí mismo ni para la madre, pero a la vez en un punto en que era lo más grande posible. Es decir, esta hipótesis sostiene que la selección natural trata de maximizar el tiempo en el útero (tiempo de desarrollo y protección para el niño) pero sólo hasta el punto en que este es viable: el cráneo crece todo lo que es capaz de caber por el cuello uterino, aunque el proceso sea dolorosísimo. A su vez, el ancho de la pelvis femenina es una solución que sirve tanto para que el parto sea viable a la vez que nuestra locomoción.

Según esta hipótesis, el tamaño craneal del niño se adaptó al diámetro de la pelvis que necesitaba la madre para mantener su locomoción bípeda sin acarrear problemas de supervivencia.

Pero la anterior hipótesis se enfrenta a un problema: estudios han demostrado que el mayor ancho de pelvis en la mujer y que una pelvis ancha no se relaciona de manera indirecta con el bipedalismo eficiente. 

Entonces, ¿dónde está el límite? Si podrían haber sido seleccionadas caderas mucho más anchas sin interferir en el bipedalismo de la mujer, ¿por qué no se seleccionaron?

La hipótesis energética enfrenta estas cuestiones al rechazar esta idea del límite establecido por el ancho de las caderas de una humana parturienta y establece el límite en otro punto: en el punto a partir del cual la madre no puede seguir alimentando al bebé sin que suponga riesgo para su propia supervivencia, es decir, la energía que la madre puede proporcionarle al feto.

Esta hipótesis sitúa el enfrentamiento evolutivo del dilema obstétrico entre las necesidades energéticas del feto y la capacidad de la madre de suplirlas. Considera al bebé como un parásito (sin connotaciones negativas) que está creciendo en el interior de la madre durante la gestación. Teniendo en cuenta que cuanto más crece el bebé y en concreto su cerebro más nutrientes necesita para su correcto funcionamiento, el punto de inflexión llega cuando el niño ha crecido hasta un punto que deja de ser sostenible por parte del metabolismo de la madre, por lo que debe expulsarlo o ambos morirán.

Es decir, la hipótesis energética rechaza la idea de que el tamaño craneal del que va a nacer se haya adaptado a la pelvis materna y postula que el tamaño de la pelvis se ha adaptado de forma suficiente al tamaño del encéfalo posible.

Esta hipótesis, a la vez, permite que intervengan otros factores que pueden dejar a la Selección Natural como una unión de fuerzas “más bondadosa” y explicar por qué el parto ha ido creciendo en dificultad en nuestra especie: puede que en el pasado los seres humanos nacían incluso menos desarrollados debido a deficiencias dietarias de la madre, por lo que el parto era más sencillo y el diámetro craneal del bebé no resultaba tan justo para el diámetro del canal pélvico. La dificultad del parto humano pudo llegar de la mano del desarrollo de la agricultura, la ganadería y la muy posterior sociedad industrial.

Sea por diámetro craneal o por necesidades energéticas (o por ambas, pues van de la mano hasta cierto punto), si el bebé humano alcanzase dentro del útero ese 40-50% del desarrollo cerebral que consiguen otras especies próximas en vez de “quedarse” en el 30%, el término de la gestación y el parto serían fenómenos imposibles. Hay que considerar que al año de vida, la cabeza de un ser humano ha alcanzado aproximadamente el 80% de su tamaño total del que dispondrá el resto de sus días, es decir, de un cráneo adulto. El crecimiento postparto es rápido y exponencial. Si esto ocurriese como parte de la gestación, dentro de la madre, tendría consecuencias catastróficas o requeriría unas estructuras biológicas costosas: un ancho de caderas mucho mayor que entorpecería nuestro movimiento y un cuerpo capaz de albergar energía para dos cerebros.

Nacemos “antes de tiempo” y con tremendo dolor y sufrimiento. Un precio que pagar por disponer de un encéfalo grande y complejo.

Lee más en “Metabolic hypothesis for human altriciality” y “El difícil trance del parto humano

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