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efecto coolidgeLa supervivencia de la especie es un objetivo que necesita principalmente dos cosas: que los individuos de la especie sean capaces de mantenerse con vida y que éstos sean capaces de reproducirse exitosamente.

En muchas especies, la estrategia más útil para conseguir la ansiada supervivencia de la especie mediante una reproducción con éxito parece ser la de engendrar a una enorme cantidad de individuos, de la que sobrevivirá, debido a su debilidad, a los depredadores y a la incapacidad de los progenitores para hacerse cargo, solo una pequeña porción. Estas especies parecen seguir una lógica simple que a nosotros nos puede parecer cruel: crean “un exceso” de individuos para que sobrevivan “los suficientes”. ¿El motivo? No disponer de los “recursos de inteligencia” suficientes como para poder hacerse cargo y gestionar la supervivencia de todos los recién nacidos.

Normalmente, estas especies tan reproductivamente excesivas son especies que son presa de muchas otras, son pequeñas, “débiles”, de inteligencia y flexibilidad de comportamiento menor pero capaces de procurarse una mínima supervivencia nada más nacer (son capaces, por ejemplo, de procurarse alimento, moverse o incluso de defenderse). A medida que avanzamos en la escala evolutiva y ascendemos por la cadena alimenticia, el número de crías se va reduciendo. Factores que entran en juego son la capacidad de los progenitores para cuidar de las crías, el coste físico y ecológico de crear un nuevo individuo o la cantidad de cuidados que necesite la cría.

efecto coolidgeEl ejemplo más extremo de esto podemos encontrarlo nosotros mismos, el ser humano. Las crías del ser humano nacemos “sin acabar” (lee más sobre esto en “Dilema obstétrico: una lucha de evolución del cerebro” y “Crecimiento del cerebro: Despacio es mejor“). Somos completamente incapaces de procurarnos la supervivencia, necesitamos a nuestros progenitores cuidándonos las 24h durante muchos años hasta alcanzar un mínimo de independencia. Además, el coste energético y físico para las madres son enormes (la gestación es larga, el parto es difícil). Debido a esto, sería poco “lógico” para la especie seguir una estrategia de crear a un exceso de individuos y no cuidar a ninguno: el coste sería enorme y la tasa de supervivencia sería mínima.

En nuestra especie, por ello, cobra cierta importancia la fidelidad (sea o no monogámica. Lee más sobre esto en “¿Tiene sentido la monogamia en el ser humano?“). En términos naturales, la fidelidad se traduce para los machos en tener la seguridad de que la cría que uno está gastando esfuerzos en cuidar es propia y para las hembras en disponer de ayuda entregada para cuidar de las crías y procurarles recursos suficientes para sobrevivir.

No obstante, aunque reproducirse en exceso no sea siempre la mejor estrategia para todas las especies, “reprodúcete siempre que puedas” parece un mandamiento escrito en las invisibles reglas de la naturaleza. Incluso en una especie como la nuestra, en donde, como hemos visto, no es “inteligente” criar en exceso y en donde la fidelidad es importante, encontramos ciertas tendencias que chocan con ello. Hoy hablamos de una “ayuda” biológica que sustenta parte de esta mecánica en muchas especies del reino animal y, a saber, en el ser humano: el efecto Coolidge.

El efecto Coolidge: ¡vaya morro!

El efecto Coolidge describe un efecto de “renovación energética” que experimentan individuos de muchas especies de vertebrados e invertebrados (aunque ha sido principalmente estudiado en ratones) tras el coito ante la presentación de nuevas parejas reproductivas. Es un efecto que puede resultarnos llamativo porque parece un caso de “estar echándole morro al asunto”.

Pongamos un ejemplo para ilustrarlo mejor: un ratón macho es introducido en una caja llena de hembras en estro (en celo). El macho, debido a su instinto biológico (ese mandamiento del “reprodúcete siempre que puedas”), enseguida empezará a copular con todas las hembras una y otra vez. Al cabo del rato y habiendo copulado a todas, se mostrará indiferente hacia ellas a pesar de que las hembras en estro sigan “insistiéndole”. Lo que pudiera parecer fruto del simple cansancio, pronto se muestra de otra forma: si introducimos en esa caja a una nueva hembra en estro, el ratón supuestamente cansado correrá a por ella a copular. Esta renovación debido a la entrada de una pareja reproductiva “a estrenar” es el denominado efecto Coolidge.

Aunque el efecto Coolidge se ha estudiado principalmente con machos, también parece existir en las hembras.

¿Qué media el efecto Coolidge?

efecto coolidge

Diferencias en el tiempo transcurrido hasta la eyaculación entre un ratón copulando con la misma pareja y copulando con distintas parejas.

El efecto Coolidge es llamativo porque parece una muestra del ímpetu reproductivo de una especie. Es normal preguntarse qué pude mediar tal curiosa reacción. ¿Qué lleva a un individuo al desinterés ante una pareja reproductiva “usada” y al interés por una “a estrenar”? La respuesta ha sido en parte abordada estudiando el núcleo accumbens (al cual conocimos en “Núcleo accumbens: un centro de aprendizaje y motivación“) y los niveles dopaminérgicos presentes.

Aunque la neurobiología del núcleo accumbens es muy compleja, podemos tratar de resumirla como una central de aprendizaje y motivación. El núcleo accumbens recibe aferencias que portan información de diversa índole (emotiva, motora, memorística, de homeostasis), de modo que el núcleo accumbens “puede saber” qué situaciones cabe la pena motivar y almacenar. También supimos que el núcleo accumbens ocupa un lugar privilegiado en la neurobiología del placer, aunque vimos que no parece condición suficiente. Vimos que la extracción del núcleo accumbens no eliminaba “las ganas de una recompensa” pero sí reducía la energía desplegada para conseguirla. Por así decirlo, el ímpetu hacia el placer se veía reducido.

La presentación de una hembra en estro a un macho de ratón produce un aumento significativo del influjo dopaminérgico en el núcleo accumbens, en cambio, la “repetición de hembra” va disminuyendo paulatinamente este influjo dopaminérgico. La entrada de una nueva hembra vuelve a dispararlo, y así sucesivamente. Así pues, el efecto Coolidge puede describirse en parte en términos neurobiológicos como un “subidón” dopaminérgico en el núcleo accumbens.

Pero ¿qué puede producir este “subidón”? ¿Qué tienen las hembras “nuevas” que ya no tengan “las viejas”? Tales respuestas parecen deberse (en los ratones al menos) a la acción de las feromonas actuando a través del órgano vomeronasal. En otras especies, como en el escarabajo enterrador, parece mediada por los patrones cuticulares.

¿Existe el efecto Coolidge en humanos?

efecto coolidgeAunque el efecto Coolidge no ha sido demostrado experimentalmente en laboratorio con humanos (¿te imaginas cuán curioso sería ese experimento?), la vida cotidiana, las historias románticas que dejan de ser románticas, las historias de infidelidades y a nuestros padres y abuelos avisándonos de que la vida en pareja en un principio es un camino de rosas y pasión que poco a poco va tornándose en un páramo más seco que el vergel que esperábamos, parece que nos muestran un reflejo del efecto Coolidge que hemos examinado en otras especies. ¿Cuántas veces hemos oído hablar de parejas que en su dormitorio muestran una carencia total de interés sexual pero que luego en dormitorios ajenos emprenden auténticas proezas?

Es difícil que en estos casos sea la simple presencia de una pareja reproductiva nueva lo que esté obrando tales milagros extramaritales. Otras variables intervienen en que los humanos podamos sentir un ímpetu renovado ante nuevas parejas así como en que nos sintamos “desganados” ante la pareja de siempre. Es difícil que el simple “uso” o “novedad” medie en humanos una reacción como el efecto Coolidge que comprobamos en otras especies.

En los humanos, la fidelidad, la infidelidad y el amor son mucho más que acciones reflejas desatadas por la acción de las feromonas, hormonas o patrones cuticulares. Es decir, el efecto Coolidge existe en humanos si con él nos referimos a la simple renovación del interés sexual que algunos individuos experimentan ante nuevas parejas. Sí, existen personas que recuperan el interés en el sexo con nuevas parejas. Pero no podemos asegurar la existencia de un efecto Coolidge en humanos con certeza si con él también nos referimos a un efecto que está mediado exclusivamente por la “novedad” de forma refleja, como ocurre en los ratones o en los escarabajos. Disponemos de más recursos que estas especies para procesar la información a nuevos niveles que añaden pasos intermedios y más controlables que la simple acción-reacción. Así que de poco vale la excusa “no fui yo, fue el efecto Coolidge” si alguna vez te la dan o si alguna vez piensas usarla.

Lee más en “Dynamic Changes in Nucleus Accumbens Dopamine Efflux During the Coolidge Effect in Male Rats” y “The Coolidge effect, individual recognition and selection for distinctive cuticular signatures in a burying beetle

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