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g1Sabemos que nuestra naturaleza está determinada por los genes, pero también sabemos que eso no es todo. Parece como si según avanzamos en la escala evolutiva, de especies “menos complejas” a las “más complejas”, los genes fuesen perdiendo fuerza determinativa, dejando espacio para asuntos como el aprendizaje que introducen plasticidad de comportamiento y nuevas opciones adaptativas. La selección natural introdujo en el bagaje filogenético de nuestra línea evolutiva la capacidad de aprender, basada en el desarrollo cada vez mayor del cerebro. Gracias a ello, los modos de responder adaptativamente a nuestro entorno dejaron de estar determinados únicamente por los genes y fuimos y somos capaces de modificar nuestro comportamiento para adecuarlo a muchas y muy diferentes situaciones.

La mayor variedad de comportamiento la encontramos precisamente en nosotros. Nuestra capacidad de modificar nuestro comportamiento en función a nuestra comprensión del entorno es lo que nos ha hecho llegar hasta donde estamos. Pero, claro, todas estas capacidades necesitan su desarrollo. Nuestra especie nace con un cerebro “muy básico” si nos fijamos en las capacidades cognitivas que caracterizan a los adultos (a unos más que otros). Pero ese cerebro básico tiene una característica indispensable: la plasticidad y la capacidad de aprender. Nos “viene de serie”.

g2Ahora bien, sabemos que esa plasticidad y capacidad de aprender van de la mano de la socialización de los individuos. Nacemos indefensos y necesitamos la ayuda de los demás, nuestros padres o cuidadores, para primero sobrevivir y luego desarrollarnos.

El caso Genie

Por desgracia, los descubrimientos que han permitido examinar esta cuestión en el ser humano son casos terribles que seguro que nos suenan: los llamados niños salvajes o niños ferales.

El de Genie es uno de estos casos, de los más recientes. Data de 1957. La historia de esta niña salvaje de Los Ángeles puede herir sensibilidades, así que seguir leyendo este párrafo es a tu discreción. La apodaron Genie, pero su verdadero nombre es Susan. El mote viene de su historia: Genie significa genio, como esas criaturas sabias que viven encerradas dentro de una lámpara. Podéis imaginar por dónde van los tiros: esta niña fue encerrada por sus padres al poco de nacer en el sótano de su casa. Los motivos que les impulsaron a hacerlo se desconocen, pero los congéneres disponían de un historial de problemas de salud mental. El matrimonio tenía otros hijos que también vivían en encierro, pero no tan severo: Genie sólo encontraba compañía cuando le daban de comer. Vivía atada a un orinal, a oscuras y la ponían a dormir colgando de un saco. Nadie le hablaba, nadie la educó nunca, nadie jugó con ella, nadie le dio cariño ni cuidados. Cuando por cualquier motivo debían contenerla, se dirigían a ella con gruñidos o ladridos o con alguna orden breve, como “ya basta” o “no”.

Fue hallada cuando la madre, por fin cansada de los castigos que ejercía predominantemente su marido sobre ella y sus hijos, huyó de la situación. Genie tenía entonces 13 años, pero vestía con pañal, no sabía hablar más que unas escasas palabras (las que habría oído en las discusiones de sus padres), emitía sonidos de bebé y tenía la mirada perdida.

g3Quedó en manos de los servicios sociales, quienes en un principio consideraron que se trataba de una niña autista. En cambio, Genie presentaba algunas diferencias: se mostraba interesada en aprender y en expresarse. De hecho, la niña lograba expresar ideas aunque mediante otros instrumentos que no fuesen necesariamente palabras, como dibujos o señales. No superaba los tests de sintaxis y parecía carecer de un sistema visual correctamente desarrollado, pues exploraba objetos ayudándose mucho del tacto. No era ciega ni tenía problemas de visión, pero era como si le resultase complicado usar la información visual.

¿Qué ocurre si falla la socialización?

Genie era una niña sana, pero su cautiverio le había privado de un proceso esencial para el desarrollo normal del cerebro: la socialización, es decir, la introducción del individuo en la vida en grupo. Piensa unos momentos qué habría ocurrido si en tus primeros años de vida nadie te hubiese hablado, tocado o siquiera estado a tu alrededor. No era cosa del cautiverio: las personas que son secuestradas y pasan años encerrados sin tener contacto con nadie no vuelven a aparecer con estos problemas como los que presentaba Genie. La “mala suerte” de esta niña es que estos sucesos macabros le sucedieron de pequeña, y nuestros primeros años de vida son periodos críticos para la configuración de nuestro cerebro. En los bebés el cerebro es especialmente plástico. Son pequeñas máquinas de aprendizaje precisamente porque esa es la estrategia elegida para nuestra supervivencia. Parte de la culpa la tiene la neotenia, ese fenómeno o “fallo” en que incurren algunas especies y que permite un desarrollo más prolongado durante nuestros primeros años de vida.

socializarLa vida con los otros nos proporciona las herramientas que necesitamos para desenvolvernos en este mundo. Nuestros mayores nos enseñan a hablar, se esfuerzan por estimularnos, por mostrarnos cosas, saliendo esto de una manera que podría denominarse natural. También nos enseñan “sin querer”. El aprendizaje vicario, es decir, aquel que ocurre a partir de observar a los demás tampoco estuvo disponible para Genie.

Hay que pensar en el cerebro de los primeros años de nuestra vida como una pelota de plastelina, moldeable y “fresca”. Según pasan los años, esa bola se va “endureciendo”. Nunca del todo, pero nuestro cerebro pierde buena parte de su característica plasticidad. No se trata de que la naturaleza nos haya puesto un agobiante cronómetro por capricho. La maduración del cerebro y la pérdida de plasticidad viene acompañada por un afianzamiento de las capacidades cognitivas. Cambiamos, por así decirlo, manejabilidad por maestría.

socializacion_habitos_mama_oca_conde_orgazDebido a este “endurecimiento”, a Genie le fue imposible aprender lenguaje. Aunque en ella existían desde el nacimiento sus capacidades de aprender y la necesidad de expresarse, nadie le había enseñado cómo se expresan los humanos de la sociedad de la que iba a formar parte.  Nuestra capacidad de expresarnos va siendo paulatinamente moldeada por la lengua de aquellos que nos rodean, de modo que aprendemos que la manera “normal” de expresarnos es utilizando ese lenguaje.

Genie igualmente desconocía las normas de comportamiento de la sociedad que tan arraigadas están en nosotros, tanto que ni tenemos que pensar en ellas. Estas normas son las que nos permiten una convivencia sencilla en donde interactuamos con los demás sabiendo de antemano lo que es y no correcto, lo que resultará educado o grosero, sencillo o complicado, adecuado o no adecuado.

La historia de Genie resulta terrible. A pesar de todo, el sufrimiento de esta niña nos ha permitido conocer un poco más de la especie humana (aparte de la degeneración que a menudo muestran algunos individuos como sus padres). La carencia de ética que supondría realizar experimentos con recién nacidos sabiendo el impacto que tienen estos sucesos en la vida del niño sería descomunal, por lo que los estudios en ámbitos como el del lenguaje y el desarrollo son complicados.

Y las dudas que introduce son grandes: sabiendo la plasticidad que nos caracteriza de pequeños, ¿cuál es la forma “más provechosa” de educar a un niño? ¿De qué manera puede perfeccionarse nuestra especie a través de una educación mejor?

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