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anciano-depresionLa depresión es un trastorno popular. Más o menos cualquiera al que se le pregunte sabe describir lo que es: tristeza, desgana, malestar… todo ello prolongado a lo largo del tiempo y de modo que afecte a “la vida normal” de una persona “normal”. Ésta deja de tener ganas de hacer cosas, deja de cuidarse, deja de lado sus relaciones sociales, no rinde en el trabajo y otros múltiples síntomas igual de tristes. La depresión es, en toda regla, una “maldición” para la persona. Es normal atribuirle al depresivo cosas tales como que “lo ve todo negro” o que es “un negativo”. Parece como si lo viesen todo sin color, como si la realidad para ellos estuviese construida en tonos grises.

No obstante, una hipótesis de investigación sobre la naturaleza de la depresión plantea precisamente lo contrario: que los sujetos “normales”, los que no padecemos depresión, lo vemos todo “más brillante” de lo que es, mientras que los sujetos deprimidos lo que hacen es ver el mundo más aproximado a como es en realidad.

No se trata lo anterior de algo al estilo Matrix en donde los depresivos observan el mundo que hay “detrás de la capa”. Las investigaciones emprendidas bajo esa hipótesis no persiguen demostrar que la realidad que vivimos es falsa y que deprimirnos nos ayudaría a verla tal y como es, construída en un código verde como la que nos muestra esa película. Lo que indican esas líneas de investigación es que parece que de forma normal los no deprimidos sobreestimamos, por ejemplo, nuestra capacidad para realizar tareas o la suerte que vamos a tener en determinado evento del azar o en la capacidad para controlar ciertos eventos. El efecto, debido a esta doble cara, recibe tanto el nombre de realismo depresivo como el de optimismo no depresivo. Lo más llamativo que plantea esta hipótesis es, pues, que las personas de forma “normal” tendemos a ser poco realistas.

La depresión está considerada por nuestra intuición como una distorsión del pensamiento “normal”. La mayoría de las teorías que tratan de explicar la depresión postulan que en el núcleo de este trastorno se encuentran la negatividad, irrealidad y distorsión en las percepciones; una percepción negativa de la propia persona así como de su futuro y del mundo en general (la triada de la depresión).

Lo que plantea la hipótesis del realismo depresivo viola estas intuiciones al encontrar en diversos experimentos resultados que muestran que los depresivos son más precisos en sus estimaciones. Viene a plantear que nuestro pensamiento está normalmente “dopado”, preparado para percibir el mundo más feliz y favorable de lo que realmente es. Los deprimidos habrían perdido esa capacidad. Su pensamiento habría perdido ese “dopaje” natural, lo que les permite percibir el mundo, el futuro, las causas, las consecuencias, los proyectos, etc, más parecidos a la realidad que los sujetos normales.

Pero, ¿qué podemos encontrar diferente entre la actividad de nuestro cerebro y en la actividad de los pacientes depresivos que sustente esta diferencia en las percepciones? Un estudio analizó las diferencias funcionales de los cerebros depresivos y de los no depresivos en una tarea concreta: los sujetos debían enfrentarse a frases que mostraban eventos sociales positivos (por ejemplo, “un amigo te envió una postal”) y negativos (por ejemplo, “un amigo te ignoró”) y luego tratar de explicarlos. Los resultados mostraron lo esperado: que los sujetos normales explicaban la situación de una manera positiva para ellos, es decir, con un sesgo que salvaguardaba su autoestima (por ejemplo, “mi amigo me ignoró porque tendría algo muy importante que hacer”) mientras que los deprimidos la explicaban de una manera equilibrada (a veces a favor de ellos, a veces en contra) cuando la depresión no era severa, equilibrio que se iba tornando perjudicial para ellos (mayor número de respuestas negativas del estilo “mi amigo me ignoró porque soy aburrido”) en la medida en que la gravedad de la depresión aumentaba.

La actividad cerebral observada durante la tarea fue llamativa: entre todas las vías analizadas, resultó llamativo el comportamiento de una red que conecta el lóbulo temporal y el frontal: se observó una alta activación de esta red cuando los sujetos normales daban una respuesta negativa para sí mismos (por ejemplo, “mi amigo me ignoró porque soy aburrido”) mientras que se observó una alta activación de esa misma red cuando los pacientes depresivos daban una respuesta favorable para ellos mismos (por ejemplo, “mi amigo me ignoró porque tenía un familiar en urgencias”). Es decir, la misma red se activaba para dar una respuesta negativa en los sujetos normales y para dar una respuesta positiva en los deprimidos. Los investigadores sugieren que la activación de esa red significa un conflicto entre lo que realmente piensa el sujeto y lo que da como respuesta.

También fue hallada otra actividad diferencial en la corteza dorsomedial prefrontal y áreas límbicas: estas presentaron una menor actividad cuando los pacientes deprimidos hacían atribuciones positivas para sí mismos.

Aunque siempre quedará la cuestión a la que se ciñen algunas críticas hacia la hipótesis del realismo depresivo: las evidencias no pueden ser conclusivas porque no existe un estándar de realidad. ¿Cómo saber si los deprimidos o los no deprimidos se acercan más o menos a ella?

Lee más en “Neural correlates of depressive realism – An fMRI study on causal attribution in depression

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