facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedintumblrmail

308179_10151056924415248_859026396_nDisponemos en la cultura popular, en la literatura, en el cine, de multitud de historias en donde la humanidad ha logrado traspasar una barrera más: la lectura del pensamiento. Las historias suelen tener un cierto tinte siniestro. ¿Cómo no? En un entorno en donde la intimidad cada vez va comprimiendo más sus barreras (porque, incluso, nosotros mismos lo decidimos y disfrutamos publicando fragmentos de la vida cotidiana), parece que esta se va reduciendo paulatinamente a la dimensión del pensamiento. Antes la vida privada parecía coincidir con la vida familiar, pero hoy en día la vida pública y la familiar a menudo se confunden o se mezclan, de modo que la privacidad ha quedado relegada más o menos a lo que ocurre en el interior de nuestro cráneo. Con razón nos espantan, pues, esas historias.

La invasión del pensamiento, además, no parece limitarse a la ciencia ficción. A menudo nos llegan noticias y técnicas sorprendentes que nos permiten adentrarnos en esas fronteras entre lo personal y lo público. Famoso es, por ejemplo, el polígrafo o detector de mentiras. Otras menos controvertidas, que registran el cerebro y son de enorme utilidad científica son el electroencefalograma y la resonancia magnética funcional. Esta última es la que de mayor utilidad está resultando en los últimos años para hacer averiguaciones sobre el cerebro in vivo: nos permite asomarnos al órgano en actividad, en vivo. Así, podemos saber qué áreas del cerebro están especialmente activas en determinados momentos. Esta técnica nos ha permitido segmentar de manera funcional el cerebro y conocer, poco a poco, a qué se dedica cada región. Podemos saber, asomándonos a su escáner, si un individuo habla o se mueve, o incluso cosas más concretas como conocer si le está gustando aquello que ve o qué tipo de juicios está poniendo en marcha. ¿Qué limite existe? ¿Significa esto que nos pueden leer el pensamiento?

MRI_fMRI

La respuesta es no (al menos de momento). Aunque estas técnicas son utilísimas en laboratorio hay tres puntos que todavía “salvaguardan” nuestra intimidad. Tres barreras que se sitúan entre nuestra intimidad y aquel que quiera conocer lo que pensamos (el cual no tiene por qué tener malignas intenciones sino simple afán científico). ¿Qué tres puntos son estos?

El ruido

Estas técnicas de escáner se enfrentan con un problema: a menos que se quiera explorar algo general (grandes áreas del cerebro), requieren ser calibradas según aquel que esté siendo examinado. Cada cerebro tiene su nivel de actividad, de modo que para poder llegar a alguna conclusión es preciso tomar muchas medidas de la actividad y elaborar multitud de medias que no son posibles de hallar en un único vistazo. El cerebro es una máquina eléctrica muy ruidosa, entendiendo ruido como actividad no informativa que debe desecharse.

La individualidad

El cerebro es un órgano, un producto del desarrollo natural, no un producto de ninguna cadena de montaje. Cada cerebro es diferente, con lo que lo que se afirma de uno no tiene por qué ser válido para otro. Aunque existen coincidencias en los niveles amplios, en los niveles micro de exploración se encuentran diferencias que impiden hacer generalizaciones a partir del estudio de un único cerebro.

PET-imageLa cooperación

La mayoría de los estudios “a nivel de pensamiento” con estas máquinas precisan la cooperación del sujeto para resultar fructíferas. Así, sabemos que hay ciertas áreas cuya actividad está detrás de ciertos tipos de pensamientos, sensaciones o gustos porque se ha podido relacionar lo que los sujetos experimentales informaban y lo que se veía en pantalla. Debido a estos estudios ahora se conocen áreas a partir de cuya actividad podemos hacer inferencias sobre lo que ocurre “en el interior” del individuo: podemos saber que trata de moverse, que está observando algo, que está sintiendo algo, que está activo o por el contrario está descansando, etc.

El problema consiste en averiguar el contenido de esos procesos: gracias a la actividad en la corteza occipital podemos saber que el individuo está viendo algo (acción), pero nos resulta imposible saber qué está viendo (contenido). Poco a poco se van desvelando áreas que se dedican al procesamiento de estímulos concretos (por ejemplo, sabemos que existen áreas dedicadas al procesamiento visual de las caras o de las palabras), pero nos resulta imposible saber qué cara está viendo el individuo a partir de la simple información de su actividad cerebral. Si el individuo coopera e informa de que, por ejemplo, está pensando en la cara de su mejor amigo, tomando multitud de medidas podremos conocer qué áreas se activan cuando ese individuo piensa en la cara de su amigo y, a partir de ello, saber en el futuro cuándo ese individuo piensa en la cara de su amigo sin que sea precisa su cooperación. Esta información, claro está, no puede extrapolarse a otros individuos: el área cerebral del sujeto que se activa cuando piensa en la cara de su mejor amigo puede ser en el sujeto siguiente el área que se activa cuando piensa en la cara de su abuela.

La cooperación del individuo es necesaria para conocer “a qué refiere” la actividad concreta del cerebro. ¿Llegará el momento en que podamos acceder de manera directa al contenido de la actividad? Aún queda un largo camino por recorrer.

facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedintumblrmail