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14151814-macro-disparo-de-un-enjambre-de-abejas-en-un-panal-de-abejasToda la vida hemos escuchado que el ser humano es un animal social, y, en efecto, lo somos; pero, ¿somos los más sociales? El término “animal social” refiere a todas las especies del reino animal que mantienen conductas sociales más allá del contacto sexual, aquellas en donde se forman grupos de adultos más o menos determinados, comúnmente con el objetivo de defenderse mejor y procurarse mayores opciones de supervivencia.

Muchas especies de mamíferos somos sociales y es verdad que los humanos somos la especie que ha creado las sociedades más complejas (si esa complejidad es necesaria biológicamente hablando es otro tema). De hecho, junto con algunas otras especies de primates (como los chimpancés), hemos “ascendido” un nivel más y nos consideramos animales culturales más que sociales: tenemos lenguaje, mantenemos universos simbólicos, transmitimos nuestro conocimiento a nuevas generaciones…

No obstante, la complejidad de la sociedad no determina cuán sociales somos. En el ser humano existe el individualismo. No procuramos siempre el bien generalizado. No actuamos única y exclusivamente pensando en la mejor perpetuación de la especie ni en el bien biológico común ni mucho menos. Esto no significa que seamos malos o peor especie, simplemente es una forma más de ser sociales, pero hay animales que van mucho más allá. Se denominan animales eusociales (del prefijo griego eu-, “bueno”) .

Conocidas especies eusociales son las hormigas, avispas y abejas. También hay mamíferos eusociales, como la rata topo africana. Lo que caracteriza a una especie eusocial es que existe una jerarquía muy marcada con miembros que no se reproducen en aras de asegurar la supervivencia de los descendientes de los miembros que sí se reproducen.  Existen castas que granjean alimento y cuidan de los otros (las castas obreras o sirvientes) y las castas que se reproducen. Es decir, estas castas obreras sacrifican la perpetuación de sus genes y ayudan a la perpetuación de los genes de otro.

¿Tiene esto sentido en la naturaleza? Lo tiene si se acude para explicarlo al concepto de altruismo reproductivo: las especies eusociales “averiguaron” que “se las apañaban mejor” para sobrevivir si se establecían en una jerarquía así, en donde los costes del sacrificio de la reproducción de las obreras se compensan por la extraordinaria tasa de supervivencia de las castas reproductoras. Ello procura en total un bien mayor a la colonia y a la especie en general que si todos los individuos se reprodujeran y debieran competir por los recursos del entorno. La Selección Natural, tras un largo camino evolutivo, llevó a estas especies a perpetuar estos comportamientos reproductivos. Si una reina de estas especies sería capaz de sobrevivir por sí misma apenas unos meses, de este modo pueden alcanzar hasta los 25 años de vida y producir millones de individuos para el enjambre.

10485585-las-hormigas-de-fuego-en-la-naturaleza-o-en-el-jardinEs curioso (o lógico) que las especies eusociales sean las dominantes del planetas: su especie más representativa, la hormiga, habita en todos los continentes del planeta salvo en la Antártida y se estima su población en unos diez mil billones de individuos frente a los seis mil millones del Ser Humano (10 000 000 000 000 000 vs. 6 000 000 000). Sus colonias actúan como un superorganismo y los individuos son células que tienen una única función, y este sistema les ha servido bien pues se estima que aparecieron hace ya 130 millones de años, en el Cretácico, y sobrevivieron a la Gran Extinción.

En el ser humano hay casos de altruismo reproductivo, pero no somos ni mucho menos una especie eusocial. La reproducción es libre y su forma depende más del ambiente cultural y familiar que de la simple expresión genética.

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