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Antes de nada, vamos a echarle un vistazo a este cráneo de un pez primitivo llamado Romudina encontrado en el Ártico canadiense:

pezcara

¿Qué tiene que ver esto con el ser humano? te preguntarás. La respuesta está en tu cráneo también.

En un reciente estudio publicado por Nature se postula que este animal fue clave en la generación de las características faciales de los gnatóstomos, es decir, el clado de los vertebrados que tienen mandíbula, es decir, la mayoría, entre ellos el ser humano. De hecho, lo que supuso la Romudina según este estudio es que esta especie es la primera que conocemos que “se comenzó a separar” de los no mandibulados (ciclóstomos), de los que, en la actualidad sólo quedan dos especies y bastante estéticamente inquietantes: la lamprea y el mixino.

El fósil preserva una anatomía craneal a medio camino entre los no mandibulados y los mandibulados. Las características de cada uno de estos grupos advienen de diferencias clave en el patrón del desarrollo craneal en donde la Romudina parece que jugó un papel fundamental: mientras que la fosa nasal se origina de una única porción de tejido en el embrión ciclóstomos, en los gnatóstomos aparecen dos fosas nasales a partir de una “duplicación” de ese tejido. En los primeros, además, la fosa se sitúa abierta entre los dos ojos mientras que en los vertebrados esa fosa se “amplía” a modo de túneles dando pie a una estructura como es la nariz.

Dicho más simple: hemos de agradecerle a la Romudina no ser unos seres con un agujero entre los dos ojos, entre otras cosas (una visión bastante horrible; no obstante, si la evolución hubiese seguido el curso de los ciclóstomos nuestra apariencia actual quizás nos resultaría espantosa).

Link al estudio

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