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Seguro que alguna vez has sido “víctima” de la ilusión de Ebbinghaus. Consiste en lo siguiente: si te pido que compares el tamaño de ambos círculos centrales, me dirás que el de la izquierda es menor que el de la derecha, no obstante, la realidad es que ambos son iguales. Este “espejismo” es provocado por varias variables que actúan en conjunto durante la percepción, entre ellas, el tamaño de los círculos que rodean a los centrales, la distancia que los separa del círculo central y lo completo que esté el anillo de círculos exterior. Todo ello en conjunto contribuye a esa percepción diferente.

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Pero hay una curiosidad más que nos ofrece la ilusión de Ebbinghaus. Esta vez si lo que te pido no es que juzgues los círculos sino que extiendas tu mano para coger ambos círculos centrales, la distancia que separará los dedos con que tratas de coger los círculos centrales será, para tu asombro, la misma para ambos. Es decir, si te pido que juzgues la información de los círculos (su tamaño), dirás que son de diferente tamaño; no obstante, si te pido que actúes sobre esa información (que cojas los círculos), tu acto, “tu cuerpo” dirá que son del mismo tamaño.

¿A qué se debe este desacuerdo que produce la ilusión de Ebbinghaus?

¿Cómo puede existir este desacuerdo si la información la maneja el mismo órgano? Esta curiosidad que produce la ilusión de Ebbinghaus es una prueba más de una de las hipótesis principales sobre la forma en que el cerebro procesa la información visual, la hipótesis de las dos vías visuales. Esta hipótesis, que ha encontrado pruebas en dos patologías que implican una afección en partes diferentes de nuestro encéfalo, la ataxia óptica y la agnosia visual, postula, como habréis deducido por su nombre, que la información visual, una vez que llega a la corteza visual (occipital), se procesa por dos vías bien diferenciadas: una vía dedicada al reconocimiento de los estímulos, la vía ventral, que parte de la corteza occipital por la parte ventral (inferior) del encéfalo y recorre el lóbulo temporal, de modo que es una vía ampliamente vinculada con la memoria y la consciencia; y otra vía dedicada al procesamiento de la información visual para la actuación sobre el entorno (vía dorsal), que parte de la corteza occipital por la parte dorsal (superior) del encéfalo hasta el lóbulo parietal (áreas de asociación sensoriales y motoras).

ilusión de ebbinghaus

En morado: vía ventral. En verde: vía dorsal.

Gracias a lo anterior ya supondrás lo que ocurre en el desacuerdo de la ilusión de Ebbinghaus: mientras que en la tarea de juzgar el tamaño de los estímulos se te obliga a actuar a partir del procesamiento de la vía ventral, en la tarea de coger los círculos se te obliga a actuar a partir de la información de la vía dorsal, por lo que el desacuerdo es posible.

Pero, ¿por qué la vía ventral “nos engaña”?

¿Por qué procesa la información visual de modo que no es, por así decirlo, objetivo? Una posible respuesta puede encontrarse si se entiende el problema al que se enfrenta la visión en cada momento: a partir de una imagen retiniana (la luz reflejada de los objetos que llega a nuestros ojos y compone una especie de proyección bidimensional) debe juzgar, en este caso, el tamaño. Si nuestro sistema visual tuviese sólo en cuenta el tamaño de la imagen proyectada en la retina para juzgar el tamaño de un objeto, un objeto grande lejano cuya imagen retiniana resulta ser del mismo tamaño que la que proyecta un objeto cercano de menor tamaño, el sistema visual resolvería que son del mismo tamaño, lo cual es un error. Para “evitar caer en ese error”, que no sería para nada ventajoso en cualquier entorno y menos en uno hostil, nuestro sistema visual ventral interpreta la información del tamaño de la imagen retiniana que proyecta un objeto en relación con otras claves que el entorno ofrece.

ilusión de ebbinghausSi observas la siguiente imagen, en donde también ocurre la ilusión de Ebbinghaus, al ser estímulos “más naturales”, lo entenderás mejor que con simples círculos. En este caso, las claves que ofrece el contexto para juzgar el tamaño de las esferas son las paredes y el suelo. Debido al contexto, las esferas, las cuales tienen el mismo tamaño bidimensional (y proyectan una imagen del mismo tamaño en la retina) aunque no lo parezca en absoluto, son juzgadas de diferente tamaño porque en un entorno tridimensional así lo es en efecto. Claves como la perspectiva o la cercanía a la línea del horizonte o punto de fuga están actuando junto con el tamaño de la imagen retiniana.

En el caso del dibujo de los círculos planos azules y naranjas, el círculo naranja de la derecha en relación con los círculos azules que lo rodean parece estar situado al fondo. En el caso del círculo de la izquierda ocurre al contrario, parece situado más cerca de nosotros debido al tamaño de los círculos que lo rodean, por lo que el sistema visual parece interpretarlo como mayor al círculo central izquierdo porque parece estar más cerca de nosotros al interpretar el resto de claves (distancia de los círculos azules y su tamaño). La distorsión parece deberse, pues, a que se aplica una forma de percibir escenas tridimensionales (lo natural) a escenas bidimensionales (no naturales). Cosas de que nuestra especie haya evolucionado y se haya desarrollado en un entorno tridimensional…

La gran disyuntiva en los estudios de la percepción visual ocurre a este nivel: ¿esta forma de interpretar el entorno es heredada, “está en nuestro cerebro” desde el nacimiento en forma de estructuras neuronales o se trata, en cambio, de algo aprendido?

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