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121231-ira-560x262Es inevitable pensar en ira y no pensar en agresión; no obstante, la ira no es negativa. La ira no se trata de un comportamiento. La ira es una emoción primaria del ser humano y, como tal, no debe entenderse sólo como “eso que precede a una reacción agresiva”. Es un fenómeno interno complejo que “produce” comportamientos de muy distinta naturaleza. Es un estado del ser humano que prepara para muchas cosas y no siempre negativas. Hemos de pensar que, si lleva tantos milenios imprimida en nuestra naturaleza, tiene que ser algo que nos ayude a sobrevivir.

La ira, en los términos que ya referimos en este post sobre la sorpresa, es una emoción que provoca un arousal o activación fisiológica muy elevado. Surge por lo general en las situaciones frustrantes y aversivas para el ser humano. Esta activación súbita nos prepara para hacer frente a eso que nos frustra de inmediato: secretamos hormonas como la adrenalina, se eleva nuestra respiración, nuestro corazón bombea más fuerte y otros síntomas que seguro nos resultan familiares. En resumen, nos preparamos para una acción inmediata, nos vigoriza. A su vez, un sujeto airado es uno que interpreta la situación como desagradable, frustrante, trascendente y afrontable. Debido a esta necesidad de interpretación de la situación a cada cual le despierta la ira situaciones muy diferentes.

hipotalamo

La estimulación de los núcleos laterales del hipotálamo es clave en la emoción de la ira.

Como resultado de lo anterior, podemos deducir que la ira es una emoción que nos lleva a enfrentar aquello que está en nuestra contra, no obstante no elabora la acción. La ira no da como resultado una agresión de forma directa. La ira nos invita a actuar de forma inmediata, pero la naturaleza de la acción con lo que decidamos afrontar esa necesidad es otra cosa.

Por supuesto, la ira es una emoción que precede en muchas ocasiones a los comportamientos agresivos del ser humano, pero el abanico es más amplio. La acción es la solución concreta de la necesidad con que nos insufla la emoción, pero ninguna de esas soluciones es refleja. Es decir, no podemos elegir sentir ira o no sentirla (no al menos en el momento, podemos elegir, si acaso, controlar la ira desencadenada), pero sí podemos elegir qué acción emprender. La ira, por así decirlo, nos “pide encarecidamente” que actuemos, pide que resolvamos esa actuación, pero no nos pide que actuemos de determinada manera.

Es decir, en contra de la creencia popular, la ira es una emoción ampliamente positiva. Es la emoción que nos hace superar frustraciones y superar complejidades. También nos empuja a defendernos de ataques y a afrontarlos.

Gandhi, como ser humano, también sentía ira en las situaciones para él frustrantes, pero sus métodos para resolverla fueron los distintivos.

La ira es problemática sólo si siempre se resuelve de manera violenta en toda situación. Un jugador de fútbol ante el mareo al que le pueda someter la habilidad de un jugador contrario sentirá ira (debido a la frustración que provoca no poder robarle la pelota al contrario). Ahora bien, el jugador puede resolver esa situación zancadilleando al contrario (agresión) o motivándose para correr más y regatear mejor que el otro. Un conductor puede resolver la ira provocada por un mal conductor bajándose del coche y sacando del maletero un bate de béisbol para machacar el parabrisas del otro o puede simplemente esquivar al conductor habilidosamente y seguir su camino. La ira también es problemática sólo si se despierta ante cualquier situación, ya que la alta activación constante del sistema nervioso puede conllevar problemas cardíacos y de hipertensión.

¿Merece la ira una calificación negativa? No. Como hemos visto, nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de los milenios. ¿La ira es sinónimo de problema? En absoluto. Forma parte de nuestra naturaleza y está presente en cualquier ser humano. Subyace a muchos conflictos, pero el problema no está en la emoción sentida sino en la elección tomada.

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