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10475943En antroporama hemos hablado más de una vez de una concreta región del cerebro del ser humano denominada amígdala. En artículos como “El pico más alto del mundo es el Everest observado por un anciano” o “Mi querido amigo el asco” hemos aprendido que es un núcleo que tiene que ver con la formación afectiva y la elicitación de emociones. Es un núcleo que forma parte del sistema límbico al que nos referimos en “¿Por qué nos asustan las pelusas o las manchas?“, es decir, participa en esas respuestas emocionales veloces que nos protegen de los peligros y en su registro para un uso futuro (cuando algo nos ha hecho daño, estas estructuras límbicas participan en las respuestas que tendremos cuando nos volvamos a encontrar con ese “algo”: miedo, rechazo, asco, etc). También dijimos que este sistema límbico del ser humano, por así decirlo, es un sistema de respuesta rápida y de poca discriminación que tras este “procesamiento inicial” entra en control de la corteza cerebral (por eso somos capaces de “detener” reacciones absurdas como sentir miedo por la pelusa a la que creímos bicho).

En este post de hoy vamos a centrarnos en el papel de la amígdala en la capacidad de sentir miedo del ser humano, concretamente en qué ocurre si tuviésemos ambas amígdalas lesionadas.

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Amígdalas cerebrales

Un experimento elaborado por Antonio Damasio, neurólogo autor del libro del que hemos hablado El error de Descartes, puso en relieve la importancia de que estos núcleos cerebrales estén en correcto funcionamiento para nuestra capacidad de “tenerle miedo” a algo que no es precisamente placentero. En este experimento utilizó a un paciente con lesión bilateral de amígdala. Con la intención de condicionar una respuesta de miedo, se le comenzó a presentar una serie de colores. El azul estaba siempre asociado a un ruido muy intenso. Para medir objetivamente la respuesta de miedo, se tomaron medidas del paciente de conductancia de la piel (en la respuesta de miedo, la capacidad de conducir electricidad de la piel siempre se eleva).

El resultado fue el siguiente: a pesar de que se le presentó al paciente en gran número de ocasiones el color azul seguido por el sonido intenso, fue incapaz de aprender a tenerle miedo al color azul. Es decir, el paciente se asustaba cada vez que aparecía el ruido, pero era incapaz de aprender emocionalmente que el color azul anunciaba el sonido y que, por tanto, debía tenerle miedo al color azul, a diferencia de los sujetos “normales”, cuya respuesta de miedo comenzaba a aparecer ante el color azul (aumentaba su conductancia).

El paciente sabía, y así lo declaraba, que después del color azul siempre venía el tono fuerte, aún así era incapaz de sentir miedo ante el color azul. El paciente era incapaz de sentir miedo ante aquello que no produce miedo de forma incondicionada. Es decir, el ser humano con las amígdalas lesionadas tiene miedo a un león que está ante él con las fauces abiertas y rugiendo, pero no podrá sentir miedo ante una señal que anuncie que va a haber leones, haya experimentado la pareja señal > león tantas veces como haya sido, al contrario que un ser humano con las amígdalas intactas.

a_serra_juansinmiedo3Este hecho es evidencia de la existencia de dos “tipos” de memoria humana: una declarativa, que une sucesos tales como “después del azul viene el ruido fuerte) y que evidencias indican que “se sitúa” en el hipocampo, y una emocional que une sucesos tales como “miedo al tono – miedo al azul”, siendo esta última esencial para la supervivencia por ayudarnos a evitar peligros experimentados en ocasiones anteriores. Por así decirlo, la memoria declarativa registra las relaciones entre estímulos externos mientras que la emocional registra las relaciones entre estímulos externos y nuestro estado interno. Nuestro paciente sería incapaz de “grabar” que el ruido fuerte le produce miedo y aplicarlo al azul, aunque sepa que después del azul siempre viene el ruido fuerte. Sería prácticamente el Juan Sin Miedo de los hermanos Grimm.

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