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amygdalaEn antroporama hemos hablado bastante sobre la amígdala. Este núcleo subcortical de nuestro cerebro tiene gran importancia en la elicitación de emociones, en nuestra capacidad de sentir múltiples emociones sobretodo “negativas” como el miedo, el asco o la ira. Este pequeño amasijo de neuronas es un componente importante en un sistema de alarma emocional que nos protege de posibles peligros y nos permite responder de manera rápida ante ellos. Además, como conocimos en “Las bases neurofisiológicas de Juan Sin Miedo” supimos que los problemas en este área pueden acarrear la incapacidad de aprender a asociar estímulos con algunas emociones, es decir, nuestra memoria emocional se ve dañada.

¿Qué información visual recibe la amígdala?

Conocemos que la amígdala se activa especialmente cuando estamos ante estímulos que nos provocan miedo. De hecho, podríamos hacer una definición reduccionista del miedo y decir que esta emoción es la activación de la amígdala. Pero cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo conoce la amígdala que estamos ante algo de lo que más nos vale huir o defendernos? Para funcionar, por supuesto, tiene que establecer conexión con algún sistema sensorial (como cualquier otro núcleo que intervenga en el despliegue de conductas).

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Esquema de las vías visuales que incluye el relevo del núcleo geniculado lateral del tálamo.

Una de esas conexiones la establece con el sistema visual. Pero, ¿cómo puede ser esto si la amígdala se caracteriza por su capacidad de elicitar respuestas muy rápidamente? En “¿Por qué nos asustan las pelusas o las manchas?” vimos que la amígdala forma parte de un sistema de “respuesta rápida” cuya utilidad evolutiva es, precisamente, la rapidez de respuesta en detrimento de la calidad de la respuesta. Este sistema nos permite una reacción rápida ante estímulos que se “intuyen” peligrosos. Esta respuesta se produce antes incluso de ser capaces de conocer conscientemente si el estímulo es peligroso o si se trata de una falsa alarma. Por así decirlo, este sistema ve antes que la consciencia.

En “Nunca vemos algo del todo” comprendimos parte de la complejidad del sistema visual y la manera en que se procesa la información visual además del viaje que recorre la información visual hasta la consciencia y nuestra capacidad de emplearla de manera útil. Supimos que se trata de un viaje largo. Así pues, ¿cómo ve la amígdala si la información visual necesita un buen tiempo en procesarse (aunque se haga en cuestión de milésimas y de manera constante)?

El “secreto” está en que la amígdala recibe conexiones desde los centros corticales de procesamiento visual pero también recibe aferencias desde los centros subcorticales de procesamiento, siendo la principal fuente de estas conexiones “inferiores” ciertos núcleos del tálamo. Desde los ojos, la información visual viaja por el nervio óptico a través del encéfalo dejando “relevo” en diversas zonas en donde se procesa en primera instancia. Buena parte de ellos se encuentran en el referido tálamo. Uno concreto es el núcleo geniculado lateral.

Una información visual primitiva

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Corte del NGL en el que se percibe su estructura en capas. En verde se señalan las capas de células magnocelulares.

El núcleo geniculado lateral o NGL está compuesto por diversas capas cuya función y fisiología permite diferenciarlas. Una de ellas, la que nos interesa para lo que tratamos, es la capa de células magnocelulares. Estas células denominadas así por su tamaño con respecto a sus otras compañeras del NGL están dedicadas al procesamiento primario del movimiento, la profundidad y cambios en el contraste. Lo que “ven” estas células, grosso modo, son imágenes borrosas y sin color, manchas blancas y negras que contrastan entre sí. Este sistema está presente en multitud de mamíferos y se considera que apareció pronto en el curso de la evolución.

Como habréis adivinado, es de este conjunto de células a partir del cual la amígdala recibe la información visual de manera más rápida (pasando por otros núcleos del tálamo y del mesencéfalo). Aunque no se trata de la información visual exclusiva recibida por este cuerpo, sí se puede decir que es la primera que recibe, por lo que participa en la generación de las emociones adaptativas como el miedo.

Debido a la inexactitud de estas imágenes podemos entender por qué estímulos como manchas o pelusas en el suelo pueden asustarnos antes de que siquiera hayamos llegado a ser conscientes de que es una inofensiva mancha o pelusa. Se puede decir que el “disparo” del miedo se basa en patrones de líneas y manchas blancas y negras que en determinadas configuraciones causan dicha emoción.

NYT2008122114315991CCiegos que ven

Esta información visual enviada a la amígdala procedente del tálamo sin ser procesada por la corteza visual da pie a un fenómeno curioso en los ciegos corticales, esto es, pacientes con lesiones en el lóbulo occipital que les impiden ver conscientemente aunque sus ojos estén sanos. En estos pacientes se siguen registrando respuestas fisiológicas típicas del miedo cuando se les muestran estímulos como rostros que expresan miedo aunque sean completamente inconscientes de que están ante un rostro semejante. Preservan este tipo de respuesta adaptativa.

Al tener las áreas visuales dañadas en su totalidad o en parte, estos sujetos no son conscientes de lo que tienen delante aunque de hecho lo estén viendo. Estos hechos suponen un argumento a favor de la expresión subconsciente y preconsicente de las emociones: el paciente siente miedo pero no sabe a qué porque los circuítos que informan visualmente a la consciencia están dañados, no así los que informan visualmente al “sistema emocional”.

Trataremos este fenómeno con más profundidad en próximos posts.

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