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Diseccionar cadáveres era antiguamente considerado uno de los peores delitos a ojos de la justicia y a ojos divinos, y ya sabemos el peso que la institución católica tenía en Europa en tiempos pasados como el Renacimiento. A pesar de todo, algunos artistas como Miguel Ángel se saltaron estas trabas religiosas y jurídicas y diseccionaron cadáveres con el fin de estudiar la anatomía humana. El problema también  era hacer perdurar esos conocimientos adquiridos en secreto.

Algunos estudiosos de los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina aseguran que el autor cometió la osadía de esconder estudios del cerebro humano en casa del mismísimo Dios. Lo deducen de ciertos fragmentos de sus pinturas que de repente presentan la escasa maestría a la que acostumbraba el autor, como es el caso del fresco “La separación de la luz y la oscuridad” y a sospechosas composiciones como la que rodea a Dios en “La creación de Adán”.

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Fragmento sospechoso de “La separación de la luz y la oscuridad” en cuyas erráticas sombras e iluminaciones se puede descubrir un difuso tallo cerebral.

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El fresco “La creación de Adán”, donde se asegura que Miguel Ángel escondió la imagen de un corte sagital del cerebro.

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Todo un bello atrevimiento.

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