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mg21829114.800-1_300La primera vida en la Tierra pudo adquirir sus “baterías” de una fuente extraterreste.

Las rocas que chocan contra la Tierra pudieron suplir a los primeros organismos de las moléculas que les (y nos) permiten almacenar energía, dotándolos así de capacidad para extenderse y generar toda la vida terrestre actual.

Todos los organismos tenemos “baterías” en forma de moléculas que almacenan energía de la comida hasta que es necesitada. Estas moléculas de almacenamiento están todas basadas en fósforo. Pero las formas de vida más tempranas debieron de recibir esas moléculas de fósforo de los meteoritos en una forma utilizable por aquellos primitivos organismos, pues en la Tierra el fósforo no debía de encontrarse fuera de minerales.

Hoy, la energía almacenada más común en los organismos complejos es el Trifosfato de Adenosina. Para convertirlo en energía, precisamos enzimas, pero aquellos primeros organismos no eran lo suficientemente sofisticados para realizar ese proceso, por lo que los investigadores piensan que una molécula de almacenamiento más simple debió de proceder al actual Trifosfato de Adenosina.

Algunos señalan que esta molécula de almacenamiento primigenia fue pirofosfito, compuesta por fósforo, oxígeno e hidrógeno. Debió de formarse cuando meteoritos cayeron a la Tierra.

Meteoritos encontrados en Siberia sostienen esta teoría al descubrirse como grandes contenedores de fósforo. Un equipo de científicos incubó fragmentos de este tipo de rocas en agua ácida recogida en lagunas volcánicas de Islandia, la cual se considera bastante similar a la que existía en aquellas eras terrestres. Tras cuatro días en el agua, el meteorito había liberado grandes cantidades de fósforo. Cuando el agua se secó, ese material se transformó en pirofosfito.

El equipo investigador opina que los primeros organismos debieron de usar esta fuente de energía hasta que contaron con las reservas moleculares necesarias (con una mayor complejidad) para trabajar con fosfatos como el actual Trifosfato de Adenosina.

Fuente: New Scientist

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