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miedoSiempre hemos escuchado que el ser humano es capaz de adquirir miedo a algo de muy diversas maneras. Sabemos que muchos miedos pueden tener origen en experiencias desagradables en las que hemos participado. Por ejemplo, le cogemos fácilmente miedo a la bicicleta si nos caemos y nos hacemos daño. También sabemos que muchos miedos pueden aparecer en el ser humano a partir de alguna experiencia que ha observado pero en la que no ha participado. Por ejemplo, alguien puede cogerle miedo a la bicicleta al observar cómo otra persona se cae de ella y se hace una buena herida.

No obstante, hay miedos con los que parece que nacemos, miedos que nadie nos ha enseñado, miedos de los que no tenemos experiencia. Se trata de estímulos que nos hacen sentir miedo aunque jamás antes nos hayamos enfrentado a ese estímulo ni “tengamos razones” por las que tenerle miedo. Miedos a los que estamos predispuestos; miedos con los que el ser humano nace.

Estos miedos filogenéticos han sido estudiados experimentalmente. Se han averiguado una serie de estímulos hacia los que estamos predispuestos a sentir miedo, o con los que estamos predispuestos a establecer relaciones aversivas.

Uno de los experimentos con que se hallaron estas relaciones especiales fue el realizado por Arne Öhman. Este investigador de la emoción planteó lo siguiente: si no estamos predispuestos a establecer relaciones aversivas con ciertos estímulos, un estímulo de naturaleza positiva establecerá la misma relación que uno de naturaleza negativa.

Así, hizo pasar al grupo experimental por tres fases:

  • iraEn la primera, se administraba una descarga al participante y se mide su respuesta dermal (una medida de la activación de emociones como el miedo).
  • En la segunda, se mostraban fotos de estímulos “positivos” (por ejemplo, un rostro alegre) y de estímulos “negativos”, por ejemplo, un rostro airado para medir la respuesta dermal ante los mismos. Se comprobó que a medida que los participantes “se acostumbraban” a las imágenes, la respuesta dermal tendió a cero. Al final de esta fase, podemos decir que las fotografías no “hacían sentir nada” a los participantes.
  • En la tercera, empezaron a emparejarse algunas imágenes, tanto de rostros alegres como airados, con descargas eléctricas como las de la primera fase.
  • En la cuarta, se volvieron a mostrar las imágenes sin descarga y se midieron las respuestas dermales.

Los resultados mostraron algo curioso pero esperado: los sujetos tardaron más tiempo en “perderle miedo” a las fotografías airadas que a las de rostros alegres, aunque ambas hubiesen sido emparejadas con la misma descarga. Resultados similares se obtuvieron en posteriores replicaciones.

serpiente-de-cascabelEs decir, el ser humano parece predispuesto a establecer relaciones aversivas con estímulos de cierta naturaleza como rostros airados, con estímulos que a lo largo de nuestra historia como especie han sido advertencias de grandes peligros o problemas. Se han obtenido resultados similares si en vez de mostrar rostros airados se mostraban fotografías de serpientes o arañas.

Este fenómeno se conoce como efecto de resistencia a la extinción.

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