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magnetorrecepciónSiempre decimos que los seres humanos podemos percibir nuestro entorno mediante cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Esta colección de sentidos nos sirve de manera adaptativa proporcionándonos información útil sobre aquello que nos rodea. La vista o fotorrecepción, mediante la transformación de ondas lumínicas en impulsos nerviosos, nos permite ver. El oído, mediante la transformación de ondas que llegan a nuestro tímpano y lo deforman por acción mecánica, nos permite escuchar el ambiente. Y un largo e interesante etcétera.

En antroporama además hemos aprendido que los humanos no sólo disponemos de sentidos que nos permiten percibir el entorno: también disponemos de sentidos para percibirnos a nosotros mismos en relación con el entorno. Así, por ejemplo, la nocicepción o percepción del dolor (que, como vimos en “Dolor: ¿qué es y por qué existe?“, lo conforman vías diferentes a las que conforman el sentido del tacto, a diferencia de lo que pensamos comúnmente) o la propiocepción o el sentido que nos informa de la posición de nuestro propio cuerpo forman parte de este útil catálogo. La ambigüedad a la hora de definir qué es y qué no es un sentido da pie a un debate y a que todavía no exista consenso acerca de la cantidad de sentidos que tiene nuestra especie.

A pesar de que el catálogo sea amplio, los sentidos del ser humano no agotan la capacidad creativa de la naturaleza. Existen en otras especies sentidos de los que no dispone el ser humano o, al menos, que aún no han sido identificados en él. Como vimos, por ejemplo, en “El órgano vomeronasal: un vestigo de lo que fuimos“, otros animales (y quizás nosotros, aunque tampoco existe consenso por el momento) son capaces de captar ciertas hormonas secretadas por sus camaradas y “usarlas” como información que guíe su comportamiento del mismo modo que una señal de tráfico captada con los ojos o el sonido de un claxon en la carretera captado con nuestros oídos es capaz de guiar al nuestro. Otras especies disponen de fotorreceptores capaces de traducir ondas lumínicas más allá del espectro que nuestros ojos son capaces de captar y “ver” ondas ultravioleta o infrarrojas.

magnetorrecepciónOtras, al parecer, son capaces de captar los campos electromagnéticos y emplearlos a su beneficio. Este sentido se denomina magnetorrecepción y es el que nos ocupa hoy al plantearnos la pregunta: ¿existe en el ser humano?

Magnetorrecepción en la naturaleza

La paloma mensajera es la especie que funciona como ejemplo clásico de la magnetorrecepción en el reino animal. Estas aves emplean la magnetorrecepción para orientarse en ciertas situaciones o cuando otros sistemas de orientación fallan, como puede ocurrir en días nublados en los que el sol no es localizable, “utilizando” el campo magnético terrestre.

¿Cómo son capaces de percibir los campos magnéticos terrestres (y los no terrestres)? En esta especie en concreto, la captación de campos magnéticos parece estar determinada por la presencia de partículas de magnetita en su pico que conectan mediante el nervio trigémino con el cerebro.

Otros animales de los que se sospecha magnetorrecepción son ciertos tipos de moscas, gallos e incluso en mamíferos como el murciélago, ciervos y el zorro rojo. Su inclusión o no dentro de la categoría de animales capaces de la magetorrecepción necesita más investigación. Lo único que parecen indicar los datos disponibles es que este sentido es más bien un sentido auxiliar, como en las palomas mensajeras, para la orientación.

¿Nos influye la presencia de un campo magnético?

La idea de vernos influidos por la presencia de campos magnéticos parece pertenecer a la ciencia ficción y rápidamente nos vienen a la cabeza sugerentes historias sobre control y lectura mental, pero lo cierto es que esta influencia pertenece al terreno de la realidad. En “Estimulación magnética transcraneal: el mando a distancia neuronal” descubrimos que los campos magnéticos se utilizan terapéuticamente para inducir actividad neuronal en determinadas regiones y tratar, así, ciertas psicopatologías como la depresión.

magnetorrecepciónTambién vimos en “Campos electromagnéticos neuronales: ¿sirven para algo?” que, debido a que la actividad eléctrica neuronal, como cualquier corriente eléctrica, no puede separarse de un consecuente campo magnético neuronal, existe la pregunta acerca de si estos campos electromagnéticos neuronales sirven para algo a pesar de su debilidad o si, por el contrario, se trata de una actividad residual e inservible. Vimos que, según el estudio de Flavio Fröhlich1 y David A. McCormick, estos campos electromagnéticos neuronales son capaces de intervenir de cierta manera en la actividad eléctrica de las propias neuronas que los generan con su actividad y a poblaciones vecinas, actuando como una especie de compás de ritmo y como una especie de “facilitadores” para la actividad de las neuronas próximas.

¿Lo anterior puede considerarse como magnetorrecepción? Depende de cómo definamos “recepción”. La presencia de un campo magnético puede interferir en la actividad eléctrica cerebral si lo aplicamos de cierta manera o si este tiene determinadas características (intensidad, frecuencia), como ocurre en el caso de la técnica de estimulación magnética transcraneal. Existe un acalorado debate sobre si campos electromagnéticos generados por instrumentos tecnológicos en nuestro entorno (teléfonos móviles, antenas, microondas, etc) pueden estar interfiriendo en nuestra actividad cerebral a modo de daño colateral.

Ahora bien, no parece que los campos magnéticos del entorno en los que estamos “sumergidos” (como el terrestre o el generado por aparatos eléctricos artificiales) y sus fluctuaciones sean capaces de interferir en la actividad eléctrica de nuestro cerebro “con propósito” a través de determinados receptores especialmente preparados para ello. 

La pregunta es si existe magnetorrecepción humana más similar a como la presentan otros animales en la naturaleza: no como “mera consecuencia” de las leyes de la física sino como un sistema evolucionado y añadido a nuestro bagaje porque resulta de algún modo adaptativo. ¿Existe magnetorrecepción como capacidad sensorial (es decir, como parte de un sistema que “traduce” señales  magnéticas porque resulta de utilidad para la especie por algún motivo)? ¿Hay algo en nosotros que nos permita percibir campos magnéticos exteriores como el que genera nuestro planeta y utilizarlo para buenos fines?

Tienes magnetita en la nariz y criptocromo en los ojos

Un hueso de nuestra nariz, el hueso etmoides, es un pequeño hueso nasal que se sitúa entre las órbitas de nuestros ojos. Este hueso, como el de otras especies y como el pico de las palomas mensajeras, se trata de un pequeño depósito de magnetita en nuestro cuerpo. La magnetita es un mineral común en la naturaleza que resulta ser el mineral con mayores propiedades magnéticas de todos los que existen debido a su peculiar configuración electrónica.

Estas propiedades hacen de la magnetita un mineral especialmente “sensible” a la presencia de campos magnéticos, y nuestro planeta cuenta con uno.

magnetorrecepciónA pesar de la presencia de este hueso con una considerable concentración de magnetita como con el que cuentan otras especies que sí disponen de magnetorrecepción, no hay evidencias claras y contundentes de que este hueso nuestro sea algo más que un vestigio, como el mencionado órgano vomeronasal que en otras especies media las reacciones sexuales ante la presencia de feromonas. Hay estudios que vinculan las propiedades magnéticas del etmoides con nuestra capacidad de orientarnos (al menos de manera auxiliar), pero los hallazgos en este ámbito no parecen muy sólidos. Al contener magnetita, este hueso sí tiene propiedades magnéticas especiales, pero estas propiedades magnéticas no parecen influir en nada en nuestro comportamiento.

Otros candidatos para otorgarnos magnetorrecepción a los humanos podrían ser los criptocromos, una clase de proteínas que se encuentra en los ojos, concretamente en los fotorreceptores, de algunas especies, como ciertas aves o en la mosca y, sí, en los del ser humano, y que ha manifestado propiedades magnetorreceptoras dependientes de la luz (necesitan presencia de luz para ser “activadas”).

Ha sido en la mosca de la fruta donde las propiedades de magnetorrecepción dependiente de la luz de los criptocromos han sido más estudiadas. Cuando se despoja por técnicas genéticas a la mosca de sus criptocromos, estas pierden su capacidad de orientarse gracias a la presencia de campos magnéticos. Si se sustituyen estos criptoromos de la mosca por criptocromos humanos, la mosca recupera su capacidad. Es decir, nuestros criptocromos son capaces de mediar un mecanismo de orientación en especies que disponen de uno, no obstante no conocemos vinculación alguna de nuestros propios criptocromos con una magnetorrecepción humana.

Por así decirlo, gracias a nuestro hueso etmoides y a los criptocromos de nuestros ojos disponemos de material para una magnetorrecepción, pero no hay hallazgos que permitan afirmar que existe una magnetorrecepción humana similar a la que presentan otras especies que la usan para orientarse gracias a los campos magnéticos de la Tierra. Podemos decir que tenemos material para una brújula biológica, pero no tenemos manera de interpretarla, como si de pronto encontrásemos una brújula extraterrestre.

Lee más en “Magnetic bones in human sinuses“, “Human eye protein senses Earth’s magnetism” , “Human cryptochrome exhibits light-dependent magnetosensitivity“ y “Magnetoreception and its trigeminal mediation in the homing pigeon (Descarga)”

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