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expresión asco

El asco, junto a la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el miedo, es una de las denominadas emociones primarias. Las emociones primarias son, a grandes rasgos, aquellas emociones que son innatas y fruto de la necesidad adaptativa de las especies. Es decir, para empezar, el asco es una emoción que, como los colmillos a los leones o la velocidad a las gacelas, nos ha ayudado a sobrevivir como especie. ¿Cómo puede habernos ayudado esta forma de experimentar las cosas desagradables? Por poco que nos guste experimentar asco (podríamos decir que le tenemos asco al asco), nos ha ayudado, y mucho de tres formas.

Dos de estas formas es debido a la experiencia “en propias carnes” del asco. La capacidad humana de ello (compartida por otras muchas especies)  nos ha permitido procurarnos ambientes salubres y procurarnos alimentos en buen estado. Que un ambiente o algo pestilente, sucio y por tanto probablemente infeccioso y perjudicial para la salud sea capaz de activarnos de modo que tengamos ganas de alejarnos de él o no ingerirlo (nos provoque asco) nos ha ayudado a sobrevivir frente a otros miembros de la especie que, incapaces de sentir esa misma sensación, no supieron evitarlos a tiempo y fueron presa de enfermedades.

He aquí la importancia selectiva de esta emoción si se tiene en cuenta que en épocas pasadas los humanos no teníamos mayor forma de sopesar si comer o no algo (en tiempos en donde la escasez era mayor que ahora) que nuestros propios sentidos y sensaciones. No teníamos laboratorios ni fechas de caducidad, ni otra forma de conocer cómo las cosas pueden resultar más perjudiciales. ¿Por qué nos provocan asco cosas como el pescado crudo o las vísceras cuando cocinadas “no están tan mal”? Es la forma con que nuestro cuerpo y nuestra “memoria genética” nos dice que las cosas cocinadas tienen menos bacterias y agentes peligrosos para la salud que las cosas crudas.

amigdala

La amígdala es una estructura subcortical muy relacionada con las emociones primarias y la capacidad de reaccionar rápidamente por ellas.

¿Pero en qué consiste la sensación de asco? El malestar viene provocado por la activación de la amígdala cerebral, el córtex prefrontal y temporal con implicación de los ganglios basales. Es curioso en este punto saber que el asco lo gestionan estas mencionadas zonas corticales del hemisferio derecho, mientras que las del izquierdo gestionan una emoción culturalmente contraria: la felicidad. Estos grupos neuronales activados se acompañan de un aumento de la reactividad gastrointestinal: el organismo se prepara para expulsar de su cuerpo cualquier agente extraño ingerido con las náuseas y, en extremo, el vómito.

Otra forma con la que el asco nos ha ayudado a sobrevivir a lo largo de los siglos es por nuestra capacidad de expresarlo. Cuando algo nos da asco, nuestra cara lo refleja: casi sin darnos cuenta, por lo general, juntamos los músculos orbiculares de los ojos (fruncimos el ceño y arrugamos la nariz), elevamos las mejillas, elevamos los párpados inferiores y asciende el músculo orbicular de la boca.

Esto para la persona no tiene utilidad alguna (la sensación de asco existe tengamos o no los músculos de la cara paralizados), pero tiene mucha para el grupo. Las expresiones faciales, como formas primitivas de expresión, han ayudado a la supervivencia de los grupos, esos que tanta importancia han tenido para el ser humano. “Comentarles” facialmente al resto del grupo el asco que provoca, por ejemplo, un fruto recién recolectado que se dispuso como manjar, ayuda a que, en caso de que este sea venenoso, del grupo sólo muera el desafortunado ansioso que lo probó primero. Lo mismo ocurremusculos cara cuando somos bebés: la capacidad de reflejar en nuestra cara que algo nos provoca asco, malestar, nos evita muchas dificultades y peligros.

También nos ha ayudado a la hora de mantener al grupo unido y, por tanto, fuerte y funcional: la expresión del asco es, también, una forma de censurar conductas ajenas (como conductas sexuales o antihigiénicas), aunque en este punto intervengan, además de factores innatos, factores culturales.

Así pues, a pesar de lo desagradable que nos resulta nuestra capacidad de asquearnos (felices viviríamos si nada nos hiciera sentir mal), esas incómodas sensaciones nos han resultado, por mucho que nos pese, utilísimas.

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