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Con este post vamos a inaugurar una nueva sección, a ver qué tal funciona. Los microexperimentos serán pequeñas pruebas con las que conocer en qué perspectiva nos situamos dentro de los fenómenos o casos tratados.

Este primero consiste en observar estas parejas de imágenes y meditar brevemente sobre los juicios que hacemos sobre ellas. Vamos allá:

Primer par de imágenes

SEX5 SEX4

Segundo par de imágenes

SEX3 SEX2

¿Qué te sugiere cada una? ¿Cuáles te parecen más correctas? ¿Cuáles tienen un aspecto más romántico?

A pesar de que existen diferencias en las imágenes más allá de los sexos que protagonizan cada acción (remar-ser conducido y servir-ser servido), sirven para entrar a tratar un fenómeno mantenido por el ser humano: el sexismo benevolente.

Al igual que tratamos en este post sobre formas actuales de racismo, en el terreno del sexismo o prejuicio que tiene un sexo sobre otro también hemos hecho avances para erradicarlo. Sus forma expresamente hostil sobrevive pero en menor abundancia que en épocas anteriores. No obstante, hemos de preguntarnos sobre las formas implícitas de sexismo que mantiene el ser humano, las formas que no son expresamente dañinas pero que contribuyen a mantener la diferencia de tratamiento entre sexos y, de algún modo, dibujan la existencia de un sexo dominante y uno dominado.

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Un testimonio de sexismo benevolente

El sexismo benevolente es el que está presente cuando en el primer par de imágenes se percibe la primera como una escena más romántica que la segunda y en el segundo par se percibe la segunda imagen como más correcta que la primera, cuando un ideal romántico de la mujer es que el hombre la lleve en una barca pero no viceversa, y cuando un hombre que sirve a una mujer es una muestra de ternura pero no cuando una mujer sirve a un hombre, que es algo que nos despierta mayor hostilidad o una idea de que en esa escena la mujer está más sometida que el hombre que hace la exacta acción.

El sexismo benevolente es el que mantienen algunos tratamientos que son considerados como una “buena educación”, tales como ceder el asiento a una mujer en el transporte público (sea de la edad que sea), aliviarla de alguna carga, ceder el paso en las puertas, sostener una puerta, etc. Estos comportamientos, por supuesto, son síntoma de educación, pero lo son de sexismo benevolente si se practican de forma diferente según sea el sexo de aquel que recibe la acción. Ceder el asiento en el transporte a una persona de cuarenta años que vemos cansada, sea cual sea su sexo, es muestra de educación. Ceder el asiento en el transporte a una mujer de cuarenta años que vemos cansada antes que a un hombre de cuarenta años que vemos cansado, es muestra de sexismo benevolente.

El sexista benevolente piensa que las mujeres son un sexo que necesita de ayuda y cuidados, que no debe encargarse de tareas que requieran esfuerzo o una destreza física concreta. Nótese que no debemos reservar el sexismo benevolente exclusivamente a los hombres. Muchas mujeres de hoy en día mantienen ciertas ideas sobre “cómo debe ser un hombre”: debe pagar las cenas, debe llevar el peso de la compra, debe proteger de los peligros y un largo etcétera de ideas que no observan deseables en, por ejemplo, su mejor amiga. Son ideas que mantienen acerca de “un hombre deseable” y no sobre “una persona deseable” sea cual sea su sexo. Estas mujeres también mantienen la supervivencia del sexismo benevolente.

Aunque cuesta desprenderse de este tipo de ideas que han estado presentes en nuestra educación (en películas, libros, en el día a día…), no hemos de dejar de identificarlas como lo que son: sexismo. En nuestras interacciones, el ser humano pone en práctica todo esto. Seguramente ningún hombre, en una primera reunión de trabajo con alguna colega mujer, no lleve su mano a la cartera inmediatamente después de que el camarero deje la bandeja de la cuenta en la mesa. Seguramente, la mujer espere ese comportamiento.

Este tipo de expectativas que mantenemos ambos sexos que dirigen nuestro modo de comportarnos mantienen el sexismo benevolente. ¿Solución? Dominar esas expectativas y convertirlas en las acciones contrarias. Que la mujer lleve la mano a su cartera a la misma velocidad que el hombre. No se trata de dejar de ser caballeroso, sino de que ese trato educado y protector no sea patrimonio exclusivo de los hombres y eterna expectativa de las mujeres.

 

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