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neurobiología del hambreComo ya comentamos en el artículo “¿Qué tipo de hambre tengo?“, el hambre, la conducta de la ingesta y su control son uno de los temas que más preocupan al hombre moderno. Aunque la preocupación “clásica” del hombre en cuanto al hambre ha sido la de disponer de suficiente alimento, los tiempos que corren parecen haber invertido tal preocupación en las regiones más avanzadas del mundo. Muchos de nosotros andamos más preocupados por comer de más que por comer de menos, y muchas de las enfermedades que nos matan hoy por hoy derivan precisamente de ese “comer de más”.

No podemos culpar a nuestra naturaleza por ello. Vivir en un entorno de abundancia se trata más bien de una excepción histórica, una rareza, que de lo habitual. Ojalá dure, pero es innegable que de ello derivan problemas: nuestro cuerpo está preparado para hacernos comer porque la evolución de nuestra especie ha ocurrido en un entorno que tendió a la carencia de alimento.

En aquel post ya comentamos que existían tres “tipos de hambre” en el ser humano: una que se despierta por señales ambientales (por ejemplo, el olor de una deliciosa comida), una que se despierta por señales estomacales y otra que se despierta, por urgencia, ante la acuciante falta de glucosa y de lípidos (típica de los periodos prolongados de ayuno).

Aunque muchos de nuestros problemas de sobreingesta no responden a señales endógenas de “el cuerpo pidiendo comer” sino a estar expuestos constantemente a estímulos que seducen a nuestro yo más goloso (por ejemplo, tener en casa “chucherías”, el bombardeo de anuncios de productos orientados a seducir a nuestra gula o, sí, lo siento, las deliciosas ilustraciones que acompañan a este artículo dibujadas por mañosos ilustradores), esto es, a un hambre ambiental, hoy nos vamos a detener a explorar el hambre “natural” que nos hace comer cada ciertas horas, hambre que comprende sólo una parte de la neurobiología del hambre. ¿Qué mecanismos neurobiológicos subyacen a esta conducta? ¿Qué maquinaria biológica es la que nos hace comer? Vamos a averiguarlo.

¿Qué es el hambre y por qué es necesaria? La función de la neurobiología del hambre

neurobiología del hambreEsta pregunta puede resultar extraña, pero lo cierto es que la sensación de hambre es necesaria para que nuestro cuerpo pueda mantenerse vivo.

Una definición amplia de hambre es que es una sensación que otorga una información vital al cuerpo. La sensación de hambre es una señal que le indica al cuerpo que algo “empieza a ir mal”, que ya va siendo hora de desplegar conductas de ingesta para prevenir consecuencias peores derivadas de la falta de nutrientes. Es una sensación que, poco a poco, según seguimos sin responder a su llamada, va haciéndose cada vez más incómoda hasta ocupar toda nuestra atención.

El hambre puede equipararse al dolor: consiste en una sensación que hace que deseemos reaccionar antes de que se vuelva más insoportable. Es necesaria para que tengamos el cuidado de no quedarnos sin comida más del tiempo necesario.

Neurobiología del hambre: ¿Qué ocurre en nuestro cuerpo para hacernos tener hambre?

Como hemos adelantado antes, en este artículo vamos a ocuparnos del hambre que ocurre en el transcurso normal de nuestra vida, ese hambre que sentimos según avanza la mañana y se acerca la hora de comer, no de ese hambre que ocurre en situaciones de ayuno o escasez. El hambre del que nos vamos a ocupar es aquella que deriva de la ausencia de alimento en el estómago pasadas unas horas tras la última ingesta y no de la que deriva de la falta de nutrientes en sangre, siendo este un estado, digamos, posterior al hambre que deriva de la ausencia de alimento en el estómago y más acuciante que esta.

Por lo tanto, vamos a describir los procesos neurobiológicos que subyacen a este “hambre cotidiana” si se siguen unas pautas de alimentación sana y frecuente.

Neurobiología del hambre 1: El hambre comienza en el estómago con la grelina.

neurobiología del hambrePara ello debemos conocer en primer lugar a la grelina, una hormona peptídica que es secretada por nuestro tubo digestivo y en especial por nuestro estómago.

Cuando llevamos tiempo sin ingerir alimento, algo “despierta” en nuestro estómago debido a mecanismos moleculares que controlan la falta de nutrientes en el tubo digestivo. Ante la detección de esta falta en un segmento concreto, en el duodeno, el estómago secreta la mencionada grelina, sustancia que inicia un interesante viaje a través de nuestra sangre hasta el cerebro para cumplir su cometido: incitarnos a llenar ese estómago vacío que la “despertó”.

Neurobiología del hambre 2: El hambre cerebral, hipotálamo y neuropéptido y

De poco serviría que el estómago secretase una señal de hambre si nuestro órgano dedicado a desplegar conductas y comportamientos de supervivencia, el cerebro, no pudiese interpretarla. Por suerte natural, nuestro cerebro cuenta en el hipotálamo con neuronas que cuentan con receptores de esta grelina, de ese grito del estómago de “¡Eh, llevo horas sin llenarme!”.

Si el hambre es una sensación desagradable y por tanto una poderosa motivación para deshacernos de ella es precisamente porque nuestro cerebro hace que así sea. Cuando la grelina alcanza estas mencionadas neuronas hipotalámicas, concretamente situadas en el núcleo arqueado del mismo, comienza un “efecto mariposa” activador que trastoca nuestros centros de motivación como el núcleo accumbens o acuminado y nuestros centros motrices como el córtex motor para hacernos desplegar conductas de búsqueda de alimento e ingesta.

Este “efecto mariposa” del hambre activado por la grelina estomacal tiene como relevo el neruopéptido y (NPY). Las neuronas receptoras de la grelina en el núcleo arqueado hipotalámicas secretan esta mencionada sustancia. Este NPY a su vez actúa como transmisor de la señal de hambre a grupos neuronales en el hipotálamo lateral que secretan otras dos nuevas sustancias: la hormona concentradora de melanina y orexina o hipocretina.

Neurobiología del hambre 3: La puesta en marcha con la hormona concentradora de melanina (HCM) y orexina y otros efectos del NPY

La acción de la HCM y orexina secretadas ante la señal de NPY, y del NPY mismo derivado de la anterior presencia de grelina, sobre diversas áreas cerebrales tienen efectos sobre nuestras “ganas de comer”, induciéndolas, y preparan a nuestro cuerpo para recibir alimento reduciendo el índice metabólico y aumentando la secreción de insulina. La existencia de estas sustancias en nuestro cerebro básicamente incentivan que queramos comer, que pensemos en comida, que nuestra atención se centre en ello. Es decir, que nos sintamos hambrientos y debamos parar de hacer aquello que estemos haciendo y nos centremos en lo importante en ese momento: comer, comer y comer.

neurobiología del hambreBuena parte de esta motivación por comer deriva también de la acción de la grelina sobre otras regiones diferentes al mencionado núcleo arqueado (hogar de las neuronas NPY) y lateral del hipotálamo (hogar de las neuronas orexinérgicas). En otras regiones del mismo, como el área tegmental ventral, también existen neuronas receptoras de grelina que inician señales dopaminérgicas hacía el núcleo accumbens, cuyo aumento de actividad está implicado en las conductas de motivación e incluso en las de adicción.

Los problemas de las ganas de comer derivados de la neurobiología del hambre

Conociendo ahora los mecanismos neurobiológicos que producen nuestro hambre, podemos pensar que un fallo en estos puede ser la fuente de muchos problemas derivados de la ingesta excesiva de alimento. Así es. Aunque, claro está, estos circuítos descritos no agotan las posibilidades de que nuestro hambre se convierta en un problema, pues en nuestra naturaleza existen multitud de mecanismos además del aquí expuesto que intervienen tanto en la sensación de hambre como en la de saciedad, sí que es cierto que del fallo en variables que hemos comentado pueden producir que tengamos un hambre patológica.

Prueba de ello es que la infusión de grelina en nuestros ventrículos cerebrales o la inyección de NPY en nuestro hipotálamo provocarían en nosotros unas ganas irrefrenables de comer. Esto hace fácil imaginar qué ocurriría si nuestro cuerpo secretase por algún tipo de problema una cantidad de grelina o de NPY excesiva. Algo así ocurre en el denominado Síndrome de Prader-Willi, cuyos afectados sienten constantemente hambre debido a una elevación crónica del nivel de grelina en sangre, además de otros problemas de origen genético.

Este conocimiento no escapa a la ciencia médica, que ha ideado un tipo de operación dedicada a tratar ciertos tipos de obesidad mórbida denominada bypass gástrico o derivación gástrica cuyos efectos se deben, en parte, a que el alimento llega con mayor rapidez al duodeno, reduciéndo así los niveles de grelina mucho antes que si el alimento tuviese que seguir el circuíto natural. Debido a que la ausencia de nutrientes en el duodeno es señal para que el estómago secrete grelina y debido a que la presencia de nutrientes en esta región del tubo digestivo es señal para que el estómago deje de hacerlo, hacer llegar los nutrientes antes a este “interruptor” permite que los niveles de grelina en el cuerpo desciendan y con ello el hambre que sentimos.

Fuente: Fundamentos de Fisiología de la Conducta. Neil R. Carlson. Ed. Pearson.

 

 

 

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