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Este blog ya tiene su mes y pico y aún no hemos tratado un tema que le concierne especialmente al ser humano: ¿qué es la inteligencia? ¿Cómo se define eso que, precisamente, da definición al ser humano?

Aunque el concepto es bastante escurridizo y difícil de acotar, se ha llegado a consensuar más o menos que la inteligencia es la capacidad de responder a exigencias del entorno basada en la flexibilidad de comportamiento de una forma eficaz. Es decir, una especie es inteligente cuando exhibe un comportamiento flexible, poco estereotipado; es capaz de solucionar un problema concreto de una forma concreta. La flexibilidad de comportamiento pone de manifiesto una capacidad de manejar la información que se percibe por los diferentes sistemas sensoriales y de manejarla junto a la información almacenada, una capacidad de presentar soluciones ajustadas a cada problema.

Una especie con reducida capacidad inteligente será la que aplique el mismo comportamiento a diferentes problemas. Por ejemplo, un perro ante una puerta cerrada inicia una conducta de rascado muy similar a la que inicia cuando quiere abrir un hueco en el suelo. Un ser humano, en cambio, ante una puerta cerrada es capaz de reaccionar de muchas y diferentes maneras: en primer lugar tratará de abrirla con el picaporte, porque sabe que el picaporte normalmente abre puertas. Tras unos intentos, tratará de llamar para pedir ayuda, sabiendo que el pestillo se ha cerrado por el otro lado. Luego, viéndose solo, tratará de derribar la puerta aplicando una fuerza al punto más débil de la puerta, que por experiencia sabe que es el más lejano de las bisagras. Para abrir un hueco en la tierra, seguiremos conductas muy diferentes a las de abrir la puerta. La inteligencia nos permite un mayor abanico de conductas de respuesta, adaptada a cada momento.

Ahora bien, ¿dónde reside la inteligencia en la fisiología? ¿Qué es “lo que hay que tener” para que una especie sea más inteligente que otra? La inteligencia está estrechamente ligada con el número de neuronas del córtex o corteza, la zona más moderna desarrollada en los milenios de evolución del cerebro. El ser humano, considerada la especie más inteligente, cuenta con aproximadamente 120.000.000.000 neuronas corticales. Pero eso no basta. La inteligencia también se correlaciona positivamente con el número de sinapsis, es decir, el número de conexiones entre neuronas, y con el grosor de las vainas de mielina, que, como dijimos en este artículo, se correlaciona positivamente con la velocidad a la que se transmiten los impulsos nerviosos.

Pero no importan sólo los componentes; también importa qué áreas forman esos componentes; es decir, qué áreas están más desarrolladas. La capacidad de inteligencia está ligada al desarrollo de las áreas de asociación de la corteza. En relación con otras especies, de nuevo, es en el ser humano donde encontramos estas áreas de asociación más desarrolladas y más grandes en proporción con el tamaño corporal. Estas áreas de asociación, como indica su nombre, están dedicadas la asociación de información que manejan diferentes regiones del cerebro y con el procesamiento de alto nivel: lenguaje, juicios, previsiones, moral, motivación, etc.

Dentro del reino animal, las especies más inteligentes (las que muestran más fexibilidad comportamental) son los vertebrados, dentro de los vertebrados, los mamíferos, dentro de los mamíferos, los humanos seguidos por los simios antropomorfos. Debe matizarse que un tamaño mayor de cerebro no implica una mayor inteligencia. El cerebro más grande de la naturaleza no es el cerebro del ser humano (por encima quedan el del elefante o el de la ballena); en cambio lo que sí se relaciona positivamente con la inteligencia, como dijimos la semana pasada, es el mayor volúmen del cerebro con respecto al tamaño del cuerpo, y en esta relación sí es el cerebro del ser humano el que mayor puntuación obtiene.

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