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What thinking column: ivigilator illustrationLos seres humanos somos los seres pensantes por excelencia (aunque a menudo en nuestra historia se encuentren pruebas de todo lo contrario). Nuestra naturaleza nos ha dotado de un cerebro complejo que nos permite, entre otras muchas cosas, anticipar consecuencias de nuestras acciones y cambiar nuestro curso de acción en base a esa anticipación. Somos capaces de hacer planes para el futuro imaginando qué es lo que ocurrirá si hacemos X basando ese escenario imaginado en la propia experiencia almacenada en forma de recuerdos y emociones o en base a la experiencia que otros nos comuniquen o que hayamos presenciado.

Pensar en el futuro es, pues, una habilidad cognitiva extremadamente útil: nos permite evitarnos malas consecuencias e incluso obrar en base al mayor beneficio personal posible. No tenemos que recurrir constantemente a la prueba-error para conseguir nuestras metas. Somos capaces de eliminar caminos directamente y de elegir algunos más óptimos que otros.

Ahora bien, para que exista esta capacidad en los términos en que nosotros la exhibimos es necesario disponer de un encéfalo preparado para ello. ¿O con un encéfalo basta? Es decir, ¿planificar el futuro es una capacidad “de todo o nada” o, en cambio, existe una gradación de modo que especies con encéfalo menos desarrollado puedan disponer de ella aunque sea en menor grado y con menor beneficio?

Desgranando nuestra capacidad de planificar el futuro

planificar el futuro

Los seres humanos planificamos nuestro futuro constantemente. Esta habilidad depende de nuestra capacidad para manejar información almacenada en nuestra memoria episódica y emocional por experiencias de aprendizaje propio o vicario. Si otros animales disponen de estas habilidades en cierto grado, ¿no pueden disponer de una capacidad para planificar su futuro?

Estamos de acuerdo: nuestro encéfalo es el más complejo de cuantos existen en la naturaleza. Gracias a él nuestra capacidad de planificar el futuro se nutre de muchas fuentes: por un lado, disponemos de una memoria episódica que nos permite atraer recuerdos del pasado para volverlos a examinar y aplicar sus enseñanzas al presente, por otro, disponemos de un lenguaje que nos permite manejar de manera consciente y comunicarnos con nosotros mismos de manera efectiva para trazar planes de acción personales. Este mismo lenguaje también nos permite comunicarnos con otros miembros de nuestra especie e intercambiar pareceres, y nuestro sistema de aprendizaje y almacenamiento nos permite editar el plan trazado para ajustarlo a sus consejos y advertencias.

También disponemos de una cultura que contiene historia, modales, ética, costumbres, leyes, etc, que nos muestra vías que pueden ser socialmente adaptativas aunque más costosas: ajustarnos a un plan social y culturalmente aceptable puede traernos más beneficios futuros que utilizar una vía no aceptada que nos conduzca a una consecución de nuestros objetivos más inmediata pero más costosa en el futuro. Por ejemplo, para disponer de un coche podemos trazar un plan para conseguir el trabajo que nos dote de los recursos suficientes para poder tener el dinero para comprarnos ese coche o simplemente podemos robarlo. Robarlo es más fácil y rápido, pero luego tendríamos que lidiar con consecuencias tales como la cárcel o una multa mucho mayor que el precio del coche.

Esta forma de guiar nuestras acciones la ponemos en marcha constantemente y de manera cotidiana. Somos seres mentales.

planificar el futuro

Aunque el pensamiento de otras especies no sea tan elaborado como el nuestro porque no disponen de un cerebro que se lo permita, pueden procesar información de manera adaptativa, lo que, subiendo por la escala filogenética, da lugar a comportamiento flexible y no exclusivamente determinado genéticamente.

No obstante, si revisamos todo lo anterior vemos que parte de nuestra capacidad de planificar el futuro depende de capacidades que también están presentes en otras especies: todos los seres, hasta las bacterias (como imos en “¿Se puede procesar información sin sistema nervioso?“), somos capaces de procesar información de manera adaptativa… ¿Dónde podemos empezar a decir que una especie es capaz de planificar el futuro?

¿Una bacteria que se desplaza hacia un entorno con mayor concentración de glucosa está planificando el futuro? Rápidamente responderemos que no, pues la bacteria “no puede hacer otra cosa”. Ese desplazamiento depende de reacciones químicas que modifican la posición de sus flagelos.

¿Un perro que se desplaza junto a su amo mientras este está sentado a la mesa y se dedica a mirarlo fijamente en aras de “incordiar” hasta conseguir algún alimento está planificando el futuro? ¿Y un oso que hace acopio de comida para hibernar? Nos costará más responder, pero quizás terminemos diciendo que ese perro simplemente está respondiendo por un proceso de condicionamiento operante y el oso por mandato genético.

¿Un orangután que comunica a su clan hacia qué dirección van a desplazarse mañana al amanecer está planificando el futuro? ¿Y un chimpancé que sitúa escondrijos de piedras estratégicamente para atizar a los visitantes de su zoo antes de que estos lleguen?

¿Pueden otros grandes simios planificar el futuro?

Aunque, como hemos comprobado, cuesta trazar una línea entre especies que sí pueden panificar el futuro y especies que no pueden planificar el futuro (o, lo que es más, que se trata de una misión absurda e imposible), vamos a mostrar aquí un par de ejemplos de comportamientos en grandes simios (orangutanes y chimpancés) que pueden constituir buenas pruebas para endurecer el debate.

planificar el futuro

¿Que un orangután comunique a sus compañeros su intención de continuar la marcha al amanecer en una determinada dirección es planificar el futuro?

Los autores del estudio “Spontaneous Innovation for Future Deception in a Male Chimpanzee” publicado en PLOS one reportan el comportamiento espontáneo de un chimpancé macho llamado Santino del zoo de Suiza. Este chimpancé comenzó en 2010 a mostrar un agresivo comportamiento contra los visitantes: cogía piedras y las lanzaba contra aquellos que se atrevían a pasear cerca de sus jaulas. Esto no muestra ningún tipo de forma de planificar el futuro, pero sí lo que comenzó a hacer en los días siguientes: comenzó a almacenar las piedras en escondrijos e incluso dispuso un montón de heno como escondrijo en una zona estratégicamente bien situada para atizar con sus proyectiles a los visitantes. Es decir, el chimpancé no estaba respondiendo simplemente al paso de los visitantes sino que estableció sus escondrijos en base a la experiencia (por dónde habían pasado los visitantes en anteriores ocasiones) para engañar (si los guardas veían al chimpancé con una piedra en la mano alejaban a los visitantes) y agredir a los visitantes que iban a venir.

El otro estudio, “Wild Orangutan Males Plan and Communicate Their Travel Direction One Day in Advance“, fue realizado con orangutanes de Sumatra en su entorno natural. En él los investigadores concluyen que los orangutanes macho dominantes planifican sus viajes con cierta antelación y avisan a su clan de sus intenciones gritando en la dirección a la que se dirigirán, incluso con una noche de anticipo.

¿Significa esto que otras especies pueden planificar el futuro?

Es complicado decir si un animal planifica el futuro o no lo hace debido a que nos resulta imposible acceder a su consciencia o incluso escanear su cerebro cuando planifique el futuro. Simplemente no puede meterse a un chimpancé en un escaner y ordenarle que planee su futuro. No obstante, comportamientos como los anteriormente descritos pueden comprenderse como una habilidad para planificar el futuro: al fin y al cabo, tanto el chimpancé Santino como los orangutanes de Sumatra están anticipándose al futuro y amoldando su curso de acción a esa anticipación, sea la fuente de su información mental la que sea (memoria episódica, emocional, experiencia o simplemente estímulos inmediatos).

Los más escépticos pueden argumentar que en estos comportamientos no estamos viendo más que el reflejo de una habilidad para planificar el futuro, que estos comportamientos pueden ser perfectamente fruto de una serie de procesos de respuesta en el que nada intervengan procesos superiores como la memoria, el pensamiento productivo o el lenguaje. No obstante, comprendiendo los procesos evolutivos se comprende que una habilidad que demuestra una especie no es una habilidad “creada y aislada” en esa ella, por lo que al igual que dibujamos árboles de la evolución de las especies podemos dibujar árboles de la evolución de las habilidades de esas especies. Es decir, si tenemos que dar marcha atrás en la filogenia para buscar “rastros” de nuestra capacidad para planificar el futuro, es más probable encontrarlos en aquellas especies más próximas genéticamente a la nuestra, en este caso, otros grandes simios.

El problema sigue siendo el mismo: ¿dónde comienza la habilidad de planificar el futuro y acaba la simple respuesta ante los estímulos? ¿No es la habilidad de planificar el futuro una respuesta ante estímulos, aunque sea una respuesta muy elaborada y estos estímulos sean mentales y procedentes de la memoria y de la imaginación? ¿No están estas funciones presentes en otras especies, aunque en diferente grado?

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