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animalsevolution_lgSabemos que la forma actual del Ser Humano es el fruto de años de azar, mutación y evolución. A pesar de ese laisez-faire natural, existen millones de especies en el mundo y con casi todas ellas tenemos algo en común: nuestro cerebro está en la cabeza, en la parte alta del cuerpo, delante de todo. Nuestro estado actual es fruto de la libre mutación “pastoreada” por la incesante fuerza de la Selección Natural. ¿Por qué entonces, si había millones de posibilidades, resulta esta coincidencia? Evolutivamente, el hecho de disponer de un encéfalo en la cabeza tiene que ser, por obligación, una gran ventaja. Así pues, la nueva pregunta es la siguiente: ¿qué ventaja adaptativa ofrece tener el cerebro en la cabeza?

Para responder a esta pregunta debemos remontarnos a millones de años atrás, cuando nuestro cerebro empezó a ser cerebro, cuando aparecieron los primeros seres con la forma más primitiva del mismo. A este proceso por el que nuestro encéfalo empezó a ser lo que es se le denomina Proceso de Encefalización.

Nuestro cerebro, por aquel entonces, no era más que una simple célula con la capacidad de procesar información. Al cabo de los años, tuvimos la suerte de que aparecieran más compañeras suyas, y esas primeras células con capacidad informativa formaron unidades funcionales denominados ganglios. Todavía existen ganglios nerviosos en nuestro cuerpo. No son más que pequeñas agrupaciones de cuerpos neuronales que sirven de una especie de auxilio y puntos de relevo para las señales. Pero volvamos a aquella época. En aquella época no éramos “más que gusanos”. Invertebrados con el cuerpo segmentado en metameros o anillos. Algo parecidos a las actuales lombrices de tierra. Gusanos con ganglios a lo largo del cuerpo, como podéis observar en la imagen que acompaña a este texto (click para ampliar).

Resultó que aquellas lombrices primigenias “averiguaron” que el desarrollo de los ganglios situados en los metameros rostrales (los del extremo superior, equivalentes a las actuales cabezas) era de extrema utilidad: esos metameros rostrales eran los que, debido al avance de estos seres vivos, eran la avanzadilla, los que antes entraban en contacto con lo nuevo. Por ello, las formas primitivas de nuestros sistemas sensoriales fueron seleccionados para aparecer en ese primer metamero. Los órganos sensoriales, antes y ahora, eran más útiles cuanto mejor teledetectaban, por lo que la Selección Natural los mantuvo allí, en donde antes se “enteraban de las cosas”. ¿De qué serviría un sentido del olfato colocado en la cola de un hipotético gusano? Un ser con olfato en la cola probablemente haya caído en la charca de brea antes de que su primitiva nariz lograse detectar ese olor a peligro.

lombriz¿Y qué tiene que ver que los órganos sensoriales estén en la primitiva forma de nuestra cabeza para que el encéfalo también esté allí? Esas mismas lombrices también “averigüaron” que un sistema de procesamiento próximo a esos órganos sensoriales primigenios significaba un procesamiento más rápido, por lo que, de nuevo, la Selección Natural mantuvo y ha mantenido a lo largo del tiempo el encéfalo en la cabeza. Ese ganglio rostral se transformó en lo que hoy en día conocemos como cerebro.

Y como era el encargado de gestionar los datos que se recibían del entorno a través de los sistemas sensoriales, ese ganglio rostral se transformó también paulatinamente en el centro neurálgico de nuestro sistema nervioso del que depende el comportamiento y la regulación de las funciones vitales.

Casi todos los animales que nos rodean disfrutan de esta estructura. La cabeza va siempre por delante de todo lo demás. El Ser Humano, debido a que se irguió, no tiene este rasgo tan destacado. No obstante, el hecho de que nuestra cabeza esté si no lo más adelantado sí lo más elevado supone también una ventaja: desde allí se tiene una mejor visión, un buen olfato y una buena percepción de todo.

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