facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedintumblrmail

Man and woman with thought bubbles that match each other's clothingLa capacidad de lenguaje es uno de los rasgos distintivos del ser humano. No es que la capacidad de comunicarnos sea patrimonio exclusivo nuestro, pero sí lo es la capacidad de comunicarnos de manera compleja mediante abstracciones (palabras y conceptos). Claro que para que exista esta capacidad de lenguaje como la nuestra, hemos de disponer de un sustrato fisiológico que la permita. No se tarata de que hayamos sido “bendecidos con un alma especial”, sino que la Selección Natural nos “empujó” a tener lo que tenemos. Es indudable la utilidad para la supervivencia de esta capacidad nuestra.

Así pues, ¿qué tenemos en nuestro cuerpo para disponer de esta capacidad? En primer lugar, como nos gusta en antroporama, hay que buscar en el cerebro. Debemos disponer de un sustrato neurológico dedicado plenamente a esta capacidad. Y así es. Concretamente disponemos de dos áreas, las denominadas de Wernicke y de Broca, a la que ya nos hemos referido alguna vez, como en el post “Caso: Phineas Gage, las emociones extirpadas“.

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Área de Wernicke

El área de Wernicke está dedicada a la comprensión del lenguaje. Se sitúa en la corteza de asociación parietal, vecina a la corteza auditiva y visual. Puede denominarse una especie de núcleo en donde confluye el lenguaje que oímos y leemos. Su falta o destrucción impide que el sujeto comprenda nada de lo que le dicen. El área de Broca, en cambio, está situada en el lóbulo frontal. Este área está dedicada a la producción del habla. De ella parten las órdenes para articular el lenguaje y es origen de la gramática. Su falta o destrucción impide hablar con corrección. La persona se vuelve “monosilábica” y sus forulaciones son simples y muy recurrentes.

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Área de Broca

Dedicaremos a estas áreas posts más amplios. Actualmente se afirma, aunque aún no de forma concluyente, que las áreas de Broca y Wernicke están también presentes en el cerebro de otros grandes simios como el chimpancé, recordemos, nuestros parientes más cercanos. Se diferencian en el ser humano por una marcada asimetría en cuanto al tamaño de estas áreas entre hemisferios. En otros primates, no obstante, esta asimetría no es tan marcada.

Ahora bien, nuestra capacidad de habla no reside únicamente en el cerebro. Los chimpancés y bonobos son capaces de comprender lenguaje si se les entrena para ello, (quizá no a tanto nivel como nosotros si se les educa como nos educaron a nosotros), pero no son capaces de articularlo. El ser humano dispone de un aparato fonador destacable y bastante único dentro de la naturaleza. Se diferencia del presente en los chimpancés y otros simios por la localización de la laringe, el órgano donde se encuentran las cuerdas vocales. La nuestra está situada bastante más abajo de lo que están las de los otros primates. Esto nos proporciona una cavidad de resonancia bastante particular (también tiene el inconveniente de que podemos ahogarnos con gran facilidad con la comida). La lengua del ser humano, a su vez, es un músculo más desarrollado, más pequeño y grueso que en los primates. Podemos manejarla con mucha más facilidad y precisión que nuestros primos.

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La Selección Natural fue, poco a poco, afianzando nuestra capacidad de habla y de generar lenguaje. Ambas habilidades, la de generar sonidos y la de manejar conceptos y entenderlos, han ido de la mano. No podríamos referirnos a tantas cosas si no hubiésemos tenido la habilidad de articular un código para cada una de ellas, ni hubiésemos sido capaces, por mucha habilidad vocal que tuviésemos, de “montar” todo un sistema lingüístico sin el sustrato neurológico que nos permite comprender y elaborar el lenguaje.

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