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Desde que muriera en 1955 y su cerebro fuese preservado, algunos científicos han tenido el privilegio de asomarse a este órgano presupuesto como especial dadas las extraordinarias capacidades cognitivas de las que hizo gala Einstein en vida. Ya sea en directo o a partir de fotografías, las conclusiones a las que han llegado estos diferentes científicos son cuanto menos interesantes.

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Fotografía del cerebro de Albert Einstein antes de ser diseccionado.

La formación cortical de Einstein, al parecer, era verdaderamente llamativa y especial dentro del ser humano. La corteza (o córtex) cerebral es lo que le da al cerebro esa apariencia de nuez, con sus pliegues. Se trata de un cúmulo superior de materia gris que está asociada con las capacidades cognitivas superiores (imaginación, lenguaje, moralidad, juicio, etc.), y en estudios interespecie está demostrado que un mayor desarrollo de la corteza significa una inteligencia mayor. Así, es en los primates en donde esta formación alcanza su mayor desarrollo filogenético.

En el cerebro del físico, el estudio que realizaron varios autores para la revista Brain arrojó formaciones ciertamente particulares de su corteza; las más llamativas, sin duda, los giros de más y los surcos extrañamente dispuestos de los que disfrutaba su mente particular. Los giros son, por así decirlo, los pliegues de la corteza cerebral, y los surcos las fisuras entre esos giros. Estas formaciones tan originales pudieron derivar en las habilidades excepcionales de Einstein ya que significaban conexiones neuronales igualmente excepcionales. Concretamente, algunos datos indican que Einstein disfrutaba de unas áreas dedicadas al lenguaje (área de Broca) menores “a cambio” de unas áreas dedicadas a la visualización espacial y al razonamiento numérico, es decir, de pensamiento abstracto, mayores. Lo cual encaja con una de las confesiones más interesantes de Einstein: pensaba en imágenes y no en palabras.

Si quieres profundizar más en el estudio de la corteza cerebral de Einstein, puedes leer el artículo entero de Brain dedicado a ello.

gliaOtros estudios no se centraron tanto en la forma de la corteza sino en sus componentes. Concretamente, un estudio de la Universidad de Berkeley halló un número significativamente mayor de células gliales en las áreas de asociación del cerebro. Las células gliales, como ya hemos comentado alguna vez, son otro tipo de células que podemos encontrar en el Sistema Nervioso Central del ser humano y que “se dedican” al mantenimiento de las neuronas y participan en la transmisión correcta de las señales. Estas áreas del cerebro “supergliales” en el cerebro de Einstein, a su vez, es en donde ocurre la integración de los diferentes datos que maneja el sistema, en donde la percepción cobra un sentido único. Estas áreas estaban, pues, especialmente atendidas por estas células “niñera”, lo que le ayudaron a mantener unas conexiones especialmente funcionales a lo largo de toda su vida, disfrutando de un cerebro más joven de lo que le correspondería a su edad.

A pesar de la exhaustividad de estos estudios, no pueden ser concluyentes. En efecto, Einstein disponía de estas estructuras y de habilidades cognitivas excepcionales, pero no hay conocimiento científico claro de que tales formaciones originales sean causa única de ello (no sabemos con exactitud, a nivel microscópico, qué neuronas conectaban con qué otras y cómo esas conexiones de verdad pueden significar una inteligencia privilegiada). Tampoco se ha comprobado si una estructura tan original la comparte con “mentes normales” o cuántas otras variables (educación, alimentación, carácter, etc.) pudieron intervenir en la expresión de esas capacidades. Tal es el problema del estudio del cerebro, pues, aunque compartimos unas pautas comunes, cada formación cortical es única, y un desarrollo “ventajoso” de estas habilidades depende mucho iguamente de la historia de cada individuo. A pesar de ello, los estudios comparativos de mentes “brillantes” y de mentes “normales” pueden arrojar útiles luces para entender la estructura cerebral del ser humano.

Y el cerebro de Einstein también puede constituir otra llamativa muestra de cómo nuestra visión del mundo depende enteramente de cómo se dispongan las conexiones neuronales. ¿Cómo llegaremos a percibir el mundo si nuestro encéfalo sigue evolucionando?

 

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