facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedintumblrmail

En nuestro lenguaje cotidiano todavía sobrevive un cierto dualismo. Mente y cuerpo todavía parecen entidades que conviven pero que no son lo mismo. No obstante, ya es común la aceptación de que así como el sudor aparece por la actividad de las glándulas sudoríparas o así como la micción es fruto de la actividad de los riñones, la mente es fruto de la actividad del cerebro. Una actividad cuanto menos peculiar, claro está, pero actividad de un órgano al fin y al cabo.

Esta concepción también llega a la medicina. Ya existían las denominadas “enfermedades psicosomáticas”, aquellas cuya etiología podía residir en “la mente”, en lo psicológico, pero era un concepto abstracto y demasiado amplio. El caso es que la ciencia médica poco a poco “se va dando cuenta” de que las enfermedades psicosomáticas son lo común más que la excepción: muchas dolencias “físicas” tienen parte de su raíz en lo que generalmente habría quedado en territorio de la Psicología, y poco a poco van siendo comunes preguntas como ¿puede la personalidad ser una enfermedad? o ¿existen rasgos de la persona capaces de intervenir en la formación de la enfermedad? Aunque las relaciones entre el sistema nervioso, el endocrino y el inmunológico no se conocen todavía en su totalidad, va siendo posible hablar con propiedad de tipos de personalidad que correlacionan, por ejemplo, con la aparición de cáncer o con la aparición de enfermedades coronarias. ¿Cómo puede ser esto posible?

Comentamos someramente la relación entre el sistema inmunológico, endocrino y neurológico en “¿Por qué el buen humor ayuda a los enfermos?“. Describimos cómo estos sistemas no actúan por separado así como ocurre con el resto de sistemas corporales. El cuerpo es una máquina química en donde cualquier cambio en cualquier punto es capaz de repercutir en el funcionamiento global del aparato. Si además entendemos que el sistema neurológico es también una máquina química además de eléctrica y que esa química interacciona con y afecta a la química de otros sistemas, y que constructos concebidos como psicologicos tales como las emociones tienen correlatos fisiológicos en los que participa la química, la respuesta acaba siendo clara: lo “psicológico” afecta a lo “físico” y por ende puede ser un componente que afecte a la aparición de una enfermedad determinada. O mejor dicho aún: lo psicológico es corporal y por tanto afecta a lo corporal ya que forma parte del sistema.

Estrés psicosocial y depresión, dos problemas

Dos de los elementos típicamente considerados como psicológicos cuya vinculación con la actuación del sistema inmune ha sido más estudiada son el estrés psicosocial y la depresión. Ambos problemas se relacionan, grosso modo, con una deficiencia en la actuación del sistema inmunitario. Los sujetos estresados y los sujetos deprimidos presentan una actuación inmunitaria diferente a la que presenta un sujeto “mentalmente” sano que se refleja, por ejemplo y según muestran múltiples estudios, en la presencia de componentes que inciden en nuestra función defensiva orgánica como la fitohemaglutinina, la concavalin A o las células NK (natural killers).

Esta actividad diferente se presenta tanto en momentos de estrés agudo o estado de ánimo deprimido como en periodos en donde tales afecciones se han cronificado. La relación de estos estados con la actividad inmune es tal que, por citar otros ejemplos, estudios han encontrado una incidencia mayor de enfermedades de tipo infeccioso como un catarro en alumnos en periodos de evaluación académica o exámenes (estrés agudo) frente a periodos no evaluativos o en empleados insatisfechos con su trabajo frente a empleados satisfechos.

Cáncer y estrés

El cáncer es uno de los grandes males de nuestro tiempo, una enfermedad cuya incidencia ha crecido debido, en parte, al alargamiento de la vida y al hecho de que la mayoría de cánceres se desarrollen a partir de los 65 años por “causas naturales” (acumulación de material genético defectuoso en las células debido al “uso” y la incapacidad del sistema inmunitario para acabar con ellas). Aunque típicamente es conocido como una proliferación “descontrolada” de células que se han “estropeado”, lo cierto es que en el curso del cáncer incide la incapacidad del sistema inmunitario para hacerle frente, por lo que en su aparición y desarrollo debe considerarse un funcionamiento deficitario o insuficiente del sistema inmune.

No hay una causa única del cáncer sino que más bien debe hablarse de un conjunto de causas que inciden en su aparición. Tampoco se puede hablar de causas o hábitos que lo evitan sino de causas o hábitos que pueden incidir en su evitación, retraso o mejor tratamiento. Uno de tales elementos es el ya mencionado estrés psicosocial.

¿Cómo puede relacionarse el estrés psicosocial con el cáncer? Así como cualquier otra enfermedad: por la ya explicada relación entre el sistema neurológico, endocrino e inmunológico. Siendo breves diremos que el estrés se compone de una serie de respuestas en el sistema neurovegetativo que incluye la variación de los niveles “normales” de diversos neurotransmisores (como la noradrenalina) y de ciertas hormonas (como la hormona del crecimiento). Este cambio químico, como ya explicamos, influye en el sistema inmunológico reduciendo o aumentando su efectividad. La relación debe entenderse con dos matices: no todos los tipos de estrés psicosocial se relacionan de la misma manera con el cáncer y la relación depende también el tipo de cáncer.

La mayoría de estudios “miden” la variable del estrés psicosocial a través de los sucesos vitales importantes ocurridos al sujeto. Los sucesos vitales que se consideran como estresantes son, por ejemplo, la pérdida de algún ser querido o el desempleo. Aunque la relación no se puede considerar causal y aunque todavía no se comprende del todo, se ha comprobado en estudios epidemiológicos la existencia de estos sucesos en los años anteriores a la aparición del cáncer e incluso una relación entre la existencia de estos sucesos durante el tratamiento o postoperatorio y la reincidencia posterior del cáncer, tanto en adultos como en niños. No debe considerarse este dato como que los sucesos vitales catastróficos causan invariablemente cáncer o que el cáncer se debe a ellos. Estos hechos sumergen a la persona en un estado de estrés y/o depresión, estado en el que existe una actuación diferente del sistema inmunitario que puede actuar como percutor o precipitante de la enfermedad o puede interactuar con el curso del tratamiento.

Algunos investigadores se atreven, incluso, a establecer este tipo de sucesos vitales como una de las grandes variables predictoras de la aparición del cáncer, más incluso que variables típicamente consideradas predictoras del cáncer como el tabaquismo, el alcoholismo o dietas deficientes. Y, yendo más allá, incluso se llevan a cabo terapias de tipo comportamental que están dando amplios resultados tanto en la prevención del cáncer en poblaciones de riesgo así como en la eficiencia del tratamiento y la supervivencia del paciente.

No debe caerse en el error de considerar que la tranquilidad o el buen humor perenne le va a salvar a uno del cáncer o que el buen humor va a curarle todos los males. Se trata de correlaciones, no de relaciones causales ni mucho menos únicas. El estado de ánimo, el estrés y otras variables psicológicas inciden en la presencia de la enfermedad y en su curso de la misma manera que un entorno higiénico incide en la sanación de una herida.

facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedintumblrmail