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donas_comidaLa alimentación es uno de los principales temas de preocupación para el ser humano. En el actual escenario de crisis económica y en las regiones empobrecidas del mundo, la preocupación viene por el lado de la disponibilidad: ¿Tendré comida? ¿Podré comer? En los países desarrollados y en los sectores acomodados, la preocupación viene por el lado contrario, tal y como tratamos en “La paradoja de la obesidad“: ¿cómo puedo evitar las consecuencias de comer más de lo que me hace falta sin dejar de comer?

Pero como decíamos en ese post, lo que ha caracterizado a la historia de la humanidad es la mayor existencia de escenarios de privación de comida. La abundancia de la que disfrutamos ahora es una excepción. Por esto cabe esperarse, y así es, que la evolución nos haya dotado con un “sistema de alarmas” que nos advierta de la falta antes de la abundancia y que “nos invite” a sobrecomer más que a “controlar la línea”. Hoy nos vamos a detener en describir este “sistema de alarmas” que nos hace comer para asegurarnos de que estamos bien nutridos.

Un triple sistema de alarmas

La importancia de la alimentación no se descubre sólo en los evidentes efectos positivos de una correcta nutrición sino también en la redundancia del sistema corporal que controla que comamos. Lo describimos como redundante porque lo constituyen diferentes “grupos de alarmas” que se encargan de decir lo mismo. ¿No bastaría con la existencia de uno? Bastaría, pero seguramente seríamos mucho más vulnerables. Si por algún casual fallase el sistema único, podría conducirnos a una lenta muerte por inanición o desnutrición y ni siquiera dispondríamos de alguna señal que nos lo advirtiera. Ahora bien, ¿cuáles son estos tres sistemas?

la-comida-organica-es-verdaderamente-mas-sana-y-nutritiva-que-la-comida-convencional_281112_1354091718_74_El hambre cultural y ambiental

Las costumbres que forman parte de una cultura son un legado antiguo pero no por ello poco útil. El saber popular es sabio, valga la redundancia. Algo harto característico de las culturas es su gastronomía y hábitos alimenticios. Estos últimos son los importantes en este apartado. La hora de comer constituye una de las más poderosas señales para abrirnos el apetito y las costumbres que rodean a la acción de alimentarse, de tal modo que hasta nos puede hacer enfadar no disponer de la comida a “la hora precisa” aunque nuestro cuerpo no esté rabiando de hambre. La cultura se ha encargado de recoger y establecer una serie de pautas alimenticias que tieden a evitarnos cualquier atisbo de hambre.

Junto a la costumbre, nuestros sentidos ayudan por sí solos a despertarnos hambre. La presencia de olor de comida o la presencia de comida nos da ganas de comer aunque no tengamos carencias nutritivas. Aquí radica la diferencia: ganas de comer y hambre no son lo mismo, pero estas señales descritas nos despiertan a las primeras para evitar a la segunda.

ghrelinEl hambre estomacal

Claro está que las señales culturales y ambientales no bastan para hacernos comer. Estas invitan sobretodo a sobrecomer, de modo que es complicado encontrar en nuestro entorno socioeconómico a alguien que de verdad se esté muriendo de hambre. Pero nuestro cuerpo, por si acaso, dispone de un “segundo sistema de alarma” que nos resulta familiar porque constituye la marca más conocida del hambre corriente: el estómago vacío.

La señal que “salta” cuando llevamos demasiado tiempo sin llevarnos nada al estómago se llama grelina. Se trata de una hormona secretada por el tubo digestivo, principalmente en el estómago, que aparece en nuestro cuerpo aproximadamente a partir de las dos horas desde la última ingesta y que alcanza niveles significativos para “hacernos sentir hambrientos” a eso de las cuatro horas desde la última ingesta. Esta señal alcanza la sangre donde viaja hasta el encéfalo actuando como signo de que es hora de iniciar conductas de ingesta. Actúa esencialmente sobre un grupo de neuronas del bulbo raquídeo y del hipotálamo que segregan dos sustancias: el neuropéptido Y y el péptido asociado a agouti o PRAG, neurotransmisores cuya presencia en el encéfalo es un estímulo enormemente eficaz para empezar a comer.

La grelina incluso promueve pensar en comida.

glucosaEl hambre de emergencia

Este es el último sistema de alarma, el cual por suerte en nuestra sociedad no es común enfrentarse a él. Esta señal aparece cuando el nivel de glucosa, es decir, el principal combustible de los procesos orgánicos, o de lípidos están marcadamente reducidos en nuestra sangre. Esta carencia se localiza en dos lugares diferentes, existiendo detectores de glucoprovación y de lipoprivación en el hígado y de glucoprivación en el cerebro. Ambas alarmas envían sus señales a las mismas neuronas secretoras del neuropéptido Y y PRAG hipotalámicas en donde sus conexiones con el resto de estructuras cerebrales originan en nosotros unas irrefrenables ganas de comer que no se detendrán hasta que las satisfagamos (comamos) o muramos e incitan el resto de procesos metabólicos que nos preparan para la ingesta que se avecina.

La próxima vez que vayas a comer puedes hacerte esta pregunta y contestarla: ¿qué clase de hambre tienes?

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