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El ser humano es experto en el reconocimiento de caras. Basta con que veamos una tan solo una vez para que la siguiente vez que la contemplemos probablemente la reconozcamos; no necesariamente asociándola a un quién, a un cómo o a un cuando(aunque hay personas que tienen esta extraordinaria habilidad), pero aparecerá en nuestra mente un tímido “esa cara me suena”. ¿A qué se debe esta maestría nuestra en el reconocimiento de caras? ¿Nacemos con ello como algo propio de nuestra especie? ¿Cómo somos capaces de hacerlo?

Los bebés prefieren las caras

La respuesta simple a alguna de las preguntas anteriores es positiva: sí, desde el nacimiento somos hábiles reconocedores faciales. Por supuesto, no somos capaces de asociar de manera explícita ese conjunto de facciones, líneas y contornos que conforman una cara con el concepto de cara: somos bebés y ni siquiera hemos oído por primera vez esa palabra. Tampoco, ni mucho menos, somos capaces de asociar caras con nombres o de identificar a personas por la cara. Pero desde el minuto uno contamos con una predisposición para fijarnos en las caras.

Diversos estudios han comprobado que si se presentan diversos estímulos a un bebé y entre ellos una cara, el niño preferirá la cara. Digamos que contamos con estructuras neuronales que nos incitan desde el nacimiento a “jugar” al reconocimiento de caras, a prestar atención a este conjunto de características. Podemos decir que esta habilidad se trata de una especie de acto reflejo como el resto que nos acompañan desde el nacimiento (puedes leer más sobre ello en “Los reflejos del recién nacido“) y que su importancia evolutiva es evidente: nacemos indefensos y completamente dependientes de otros miembros de nuestra especie (puedes leer más sobre ello en “El dilema obstétrico” y en “Crecimiento del cerebro: despacio es mejor“), por lo que el hecho de que la naturaleza “nos obligue” desde la cuna a prestar atención a las caras es obligarnos a prestar atención a lo que será una cuestión vital en los primeros años de vida y de gran importancia los años posteriores. Somos seres sociales, y el reconocimiento de caras es uno de los pilares fundamentales de los procesos sociales.

CONSPEC y CONLERN: bases del reconocimiento de caras

El trabajo de Morton y Johnson, del Medical Research Council de Londres, bautiza a los dos mecanismos que sustentan y forman desde el nacimiento nuestra habilidad para reconocer caras: CONSPEC y CONLERN. Este trabajo se basa en las mencionadas evidencias de que los seres humanos nacemos con “información” acerca de las caras.

reconocimiento de caras

Los bebés en los primeros meses prestan mayor atención a estímulos con estructura facial (izquierda) que a otros que cuentan con los mismos componentes pero no respetan la estructura facial (derecha).

CONSPEC sería ese conjunto de estructuras biológicas que hacen de los bebés ávidos perseguidores de las caras. Guía la preferencia de los recién nacidos por los patrones “con estilo de cara” (no tienen que ser caras perfectas) y está presente en nosotros desde el nacimiento. Su soporte biológico se postula que se halla en estructuras subcorticales y preconscientes que intervienen en el control de la atención como el colículo superior y la vía retinocolicular que conecta retina y este elemento del encéfalo.

CONLERN, en cambio, sería ese conjunto de estructuras biológicas que nos permite prestar atención no ya a la mera presencia de una cara sino a las características que hacen diferente una cara de otra. Este mecanismo, defienden los autores, aparece según mejora la visión del recién nacido y sus efectos pueden empezar a contemplarse a partir del segundo mes de vida, a partir de que el recién nacido adquiera conocimientos básicos sobre las caras. A partir de este momento, estímulos como dibujos esquemáticos de caras pierden interés frente a caras reales. Su soporte biológico se postula que se halla en la corteza visual y en la vía retinocortical que conecta retina con esta región cerebral, vía cuyo desarrollo es más lento que la retinocolicular.

Todos estos datos parecen sugerir que la vía retinocolicular actúa como soporte básico y primero de nuestra habilidad en el reconocimiento de caras y que poco a poco va “dejando” esta tarea, según se desarrolla, a la vía retinocortical que es capaz de un procesamiento visual más complejo.

Gracias a la evolución de este CONLERN, los bebés comienzan a ser capaces de reconocer una cara que ya han visto a partir de los trozos de la misma

Área facial fusiforme: espacio para el reconocimiento de caras

Hemos descrito someramente los mecanismos que nos acompañan desde el nacimiento y que nos permiten, en primer lugar, atender de manera especial a las caras y, seguidamente, aprender sobre las mismas. Es decir, hemos hablado de la percepción e identificación de las caras que basan desde el nacimiento nuestra capacidad posterior para reconocerlas, pero todavía nada sobre el reconocimiento de caras, esto es, sobre nuestra habilidad para asociarlas con personas concretas. ¿Dónde debemos “mirar” para encontrar nuestra capacidad de decir “este es Pepe” o “esta es María”?

reconocimiento de caras

Giro fusiforme, “hogar” del área facial fusiforme

Gracias a estudios de lesiones en un peculiar trastorno, la prosopagnosia (famoso por el libro del neurocientífico Oliver Sacks “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero“, en el cual el paciente ha perdido la habilidad de reconocer las caras, incluso la suya propia, podemos dirigir nuestra curiosidad hacia un área muy concreta del cerebro: el área facial fusiforme.

El área facial fusiforme forma parte de ese camino del procesamiento visual que describimos en “La ilusión de Ebbinghaus y las rutas visuales“, la vía ventral. Esta vía, dijimos, está dedicada al procesamiento visual con la finalidad de identificar aquello que estamos viendo. Es decir, procesa la información que llega a la corteza visual y la “une a su concepto” al procesarla en conjunto con información almacenada en la memoria.

Es en este área facial fusiforme se pone de acuerdo la cara que estamos viendo con la información previa de que disponemos. El fallo en este área provocará un fallo en nuestra habilidad para el reconocimiento de caras: veremos un rostro y no podremos coordinarlo con recuerdos que tengamos de esta persona, con el nombre de esa persona, experiencias vividas, etc.

Este giro fusiforme que alberga al área facial fusiforme parece un área sensible a la especialización en el reconocimiento rápido de lo que vemos y que nuestra naturaleza cultural y naturaleza social han sabido aprovechar muy bien: en él también encontramos el área visual de palabras, área vinculada al reonocimiento superficial de las palabras que nos permite leer con rapidez y que está vinculada a ciertos trastornos de la lectura como la dislexia.

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