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sensibilidad al dolorSi alguna vez te has hecho alguna herida o un golpe, o si ahora mismo estás sumergido en un proceso de curación por algún desgraciado accidente, probablemente te preguntes por qué duele tanto una herida. De algún modo, parece como si el lugar de la herida o golpe desarrollase algún tipo de imán y parece que todo el que te toca o todo objeto del entorno que se cruza en tu camino tiene la dichosa manía de dirigirse a esa parte del cuerpo que te duele. ¿Por qué?

No es que las heridas o golpes ejerzan algún tipo de atracción fatal hacia sí mismas, el problema es que esa zona de tu cuerpo está sumergida en un proceso denominado sensibilización al dolor que deriva en una mayor sensibilidad al dolor o hiperalgesia (hiperdolor).

¿Por qué? Respuesta rápida: una mayor sensibilidad al dolor es una forma de proteger la zona herida de una infección mayor y de mantenerla a salvo para una correcta curación.

Si quieres una respuesta más detenida y detallada sobre lo que ocurre en tu cuerpo durante este proceso de sensibilización al dolor, sigue leyendo.

Sensibilidad al dolor: pura química

En “Dolor: ¿qué es y por qué existe?” conocimos qué es el dolor, por qué existe y qué sustrato fisiológico permite esta sensación. Conocimos a las vías nociceptivas de nuestro cuerpo o vías del dolor, a través de las cuales viaja esta información de la que nos quejamos tanto. Supimos que los terminales receptores del dolor en nuestro cuerpo son, por lo general, neuronas “libres” que no disponen de ningún elemento especial como, por ejemplo, los corpúsculos de Pacini, a los que conocimos en “Cosquillas: qué son y para qué sirven“, los cuales participan en la sensación del táctil de las cosquillas y que son una especie de cápsulas diseñadas para transmitir con alta sensibilidad y precisión las vibraciones de nuestra piel.

sensibilidad al dolor

Esquema de las vías nociceptivas

Describimos también que, a pesar de no disponer de ningún elemento especializado, sí disponen de receptores concretos para moléculas que median sensaciones dolorosas. Ejemplo de estos receptores son los TRPV1, los cuales ahora sabemos que tienen la culpa de que maldigas cuando ciertos tipos de alimentos, como el chile o la mostaza, te pican o cuando ingieres una cucharada de sopa demasiado caliente.

Las vías nociceptivas y sus receptores participan, claro está, en esa aumentada sensibilidad al dolor que otorga una herida. Pero algo tiene que ocurrir para que estímulos que antes no provocaban daño ahora resulten muy dolorosos si ocurren en un área dañada de nuestro cuerpo. Algo, por así decirlo, tiene que estar ejerciendo como “amplificador” del dolor.

sensibilidad al dolorLa culpa la tienen ciertas sustancias que los tejidos de tu cuerpo secretan cuando se dañan y que afectan al funcionamiento de las vías nociceptivas.

Un plato de sopa inflamatoria

Cuando un tejido de tu cuerpo se daña, comienza la respuesta defensiva y de reparación. Entre este protocolo de defensa se encuentra la preparación de una “sopa inflamatoria” con multitud de ingredientes: protones extracelulares, histamina, ácidos, nucleótidos, factor de crecimiento nervioso, y un largo etcétera.

Algunas de estas sustancias de la sopa inflamatoria tienen la capacidad de potenciar la actividad de los receptores TRPV1 de manera directa o indirecta haciendo que el umbral de respuesta baje, permitiendo así que un estímulo de menor magnitud sea capaz de provocar respuestas tan dolorosas como el  estímulo que causó la herida. El término que refiere a este fenómeno es alodinia y la “lógica natural” que subyace a este proceso es que aumentando la sensibilidad al dolor en la zona herida aumenta la protección y el cuidado de la zona herida.

Esta mayor sensibilidad al dolor en el lugar en donde está un daño como una herida se denomina sensibilización periférica. Pero no solo de ella se constituye la mayor sensibilidad al dolor.

Sensibilización central

La disminución del umbral de respuesta de las vías nociceptivas “sumergidas” en esa sopa inflamatoria provoca que estas neuronas terminales eleven su actividad ante cualquier estímulo, por inocuo que sea. Esta, digamos, hiperreactividad periférica tiene su eco en las vías centrales del dolor, esto es, los circuítos del sistema nervioso central (encéfalo y médula). Recuerda que al final es en el cerebro donde se compone la sensación dolorosa.

Las neuronas del asta dorsal de la médula espinal son las primeras centrales en recibir la estimulación periférica que viene para causar dolor (a menos que tu herida esté en la cabeza). Estas neuronas, ante la mayor excitabilidad de sus predecesoras, disparan potenciales de acción a una mayor frecuencia. Parece que esta mayor frecuencia reside un efecto sumatorio de dolor creciente ante la presentación repetida de un estímulo de igual intensidad en una zona herida.

sensibilidad al dolorLa mayor actividad de las neuronas del asta dorsal de la médula espinal a su vez incide por un mecanismo similar a la potenciación a largo plazo, que estudiamos como base de la memoria y del aprendizaje, en “sí mismas” y, por tanto, en la actividad del resto del circuito hasta el cerebro. Debido a la movilización de nuevos canales iónicos a la membrana neuronal, las neuronas del asta dorsal se hacen más sensibles a las señales enviadas por las vías periféricas. Esta mayor sensibilidad al dolor en las neuronas del asta dorsal sustentada por una potenciación a largo plazo es capaz de sostenerse en el tiempo, más allá de la duración de un estímulo doloroso, por lo que la mayor sensibilidad al dolor no depende solo de que esté presente algo rozando nuestra herida o golpe, sino de esta adaptación de las vías nociceptivas a un “estado de alerta”

Una vez curada la herida o golpe, a medida que se “disuelve” la sopa inflamatoria, las neuronas periféricas y centrales van recuperando sus niveles de actividad normal, haciendo que la vida sea mucho más agradable.

Lee más en “Allodynia” y en “Neurociencia, p.238-243″

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