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1732462_700bEl ser humano se merece el calificativo de prejuicioso. La educación que hemos recibido en el hogar o desde instituciones está cargada de prejuicios de los que muchas veces no nos damos cuenta. De hecho, con gran frecuencia caemos en el prejuicio. Somos prejuiciosos. Aunque este calificativo parece tener un cierto tono peyorativo, lo cierto es que el significado de la palabra “prejuicio” no es tan insultante. De hecho nuestra capacidad de prejuzgar nos puede haber salvado la vida o evitado el mal en más de una ocasión. Y es lógico pensarlo así: si está con nosotros es porque forma parte del bagaje que nuestra especie ha ido juntando a lo largo de siglos de evolución, y si ha llegado hasta nuestros días es porque esta “facilidad para juzgar a priori de la experiencia” ha resultado más útil que inútil. Así lo sugieren algunos psicólogos en lo que se denomina perspectiva evolutiva de los prejuicios.

¿Seres racionales?

La capacidad de prejuzgar es la capacidad de elaborar un juicio sobre algo o alguien antes de tener experiencia con ese algo. Los prejuicios son elaboraciones mentales que nos hacen separarnos de nuestra propia idea de seres juiciosos y racionales, de pequeños científicos creados por la naturaleza. Como pudimos ver en “¿Seres racionales?“, sabemos que de racionales tenemos más bien poco, pero también sabemos que esa irracionalidad puede ser lo más racional para desenvolvernos en entornos complejos que nos demandan a diario y de manera constante que tomemos decisiones y elaboremos juicios de manera rápida. ¿Qué sería de nosotros si ante cada decisión nos viésemos obligados a buscar toda la información posible y a considerar todos los prismas diferentes para elaborar una decisión completamente racional? Hasta elegir si preferimos carne o pescado para comer se convertiría en una ardua tarea y el resultado sería una función totalmente desadaptativa.

En “¿Seres racionales?” conocimos qué eran los heurísticos, esos atajos mentales y reglas ilógicas de inferencia que aplicamos a diario para solucionar estas tareas de decisión y juicio de manera fácil y psicológicamente cómoda. Los prejuicios pueden considerarse contenidos mentales en los que participan los heurísticos, pueden considerarse resultado del uso de heurísticos. El caso es que bajo heurísticos y prejuicios parece que subyace una extraordinaria capacidad para extraer información útil y psicológicamente cómoda (definiendo esto como información que nos deja ” a gusto con lo decidido”) a partir de información incompleta, esto es, la que disponemos. En los prejuicios, además, esta información parece especialmente incompleta ya que suelen estar formados a partir de opiniones de terceros y de escasas experiencias.

¿Para qué sirve un prejuicio?

Entonces, si sabemos que los prejuicios son elementos poco racionales aunque útiles, ¿para qué sirve un prejuicio? Aunque resulte llamativo, ser prejuicioso es ser precabido, y esto en un entorno de amenaza como el de nuestros antepasados es especialmente útil. Ser prejuicioso es atender a pequeña e insuficiente información de amenaza. Es una forma de prevenir el mal. Podríamos llamarlo mal menor: aún a riesgo de hacer caso a información equivocada, nos “fiamos” de nuestros prejuicios porque pueden evitarnos un mal mayor. Nuestra capacidad prejuiciosa puede ser entendida como una especial sensibilidad hacia la información dada por otros, recibida desde fuentes diferentes a nuestra propia experiencia que nos hace actuar de manera diferente y más precabida cuando estemos ante esa experiencia. La capacidad de juzgar sin experimentar nos permite actuar de manera precabida cuando esa experiencia advenga.

Consideremos un ejemplo:

Imaginemos que vamos a entrar en una panadería diferente a la que vamos siempre, y antes de abrir la puerta una persona que acaba de salir de ahí nos dice “cuidado con el tendero que es un listo”. No conocemos de nada al tendero ni a la persona que acaba de salir, no obstante, cuando entramos a la panadería lo primero que hacemos es fijarnos en el precio. Digamos que la barra está a un precio de 0,45€, el cual es más o menos el precio de donde compramos nuestra barra de pan todos los días. El tendero nos sonríe como cualquier tendero, no obstante, debido a la información que nos ha dado el desconocido de la puerta, quizás comencemos a pensar que la sonrisa de ese tendero es un tanto burlona, como de pillo. Pedimos una barra de pan y pagamos. Cuando recibimos la vuelta, contamos bien lo recibido. ¡Nos ha intentado “sisar” 10 céntimos!

¿Cuál es el problema, entonces, de los prejuicios?

Vemos, pues, que los prejuicios aparecen a partir de una capacidad de extraer información y elaborar inferencias a partir de información científica y racionalmente insuficiente. Los prejuicios a menudo son útiles pues nos hacen actuar con precaución ante aquello a lo que refiere el prejuicio (como es el caso del panadero timador). El problema adviene cuando el contenido de los prejuicios ha perdido completo sentido y no los recibimos más que por haberse perpetuado en el imaginario popular, en la educación y en la cultura a pesar de que la experiencia se ocupe de contradecir su contenido a diario. Los prejuicios son problemáticos cuando se convierten en un pensamiento común y cuando ese pensamiento común no es real y, además, es peyorativo, perjudicial o discriminativo para una persona o conjunto de personas.

Es decir, podemos hablar de que es natural en el ser humano elaborar prejuicios pero no podemos hablar de que el contenido de los prejuicios (racial, de género, etc.) sea natural. Nacemos tendentes a elaborar prejuicios pero no a elaborar prejuicios hacia una raza o hacia un género o hacia un grupo concreto. Lo que la evolución ha seleccionado es nuestra capacidad para extraer información útil y adaptativa a partir de fuentes incompletas. Por así decirlo, es una medida preventiva ante las amenazas de las que nuestro medio social nos ha informado. Lo que la evolución no ha seleccionado es una capacidad para, por ejemplo, odiar a los negros o a los judíos. Los prejuicios se convierten en problema cuando su contenido ha perdido total sentido y aún así son perpetuados.

Nadie está libre de prejuicio. De hecho, pobre de aquel que sea incapaz de prejuzgar porque dispone de un mecanismo de defensa menos. Todos somos prejuiciosos por naturaleza. Ahora bien, la misma naturaleza nos ha dotado también de la capacidad para juzgar nuestros propios juicios y para desecharlos cuando son perjudiciales o cuando no tienen sentido adaptativo. Un juego de palabras que debe ser puesto en práctica.

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