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Humano-ordenadorUna de las cosas en las que no solemos reparar apenas, quizás por su uso cotidiano, es nuestra extraordinaria capacidad para leer mentes. Aunque esto parezca una afirmación digna de película de ciencia ficción, lo cierto es que es algo que a los humanos se nos da francamente bien. Se piensa que en esta capacidad nuestra reside nuestra, a su vez, gran capacidad para vivir en sociedades complejas. Ahora bien, ¿a qué nos referimos con eso de “capacidad para leer mentes”? Y otra cuestión: ¿somos la única especie capaz de hacerlo?

Teoría de la mente: leyendo mentes día a día

Puedes comprobarlo ahora mismo, en cualquier interacción que tengas con cualquier persona, o simplemente observándola. Puedes ver a una persona caminar por la calle y saber que se dirige a algún sitio porque quiere algo o hacer algo y porque cree que acudiendo allí podrá satisfacerse. Puedes ser testigo de alguna escena e inferir qué motivaciones puede tener la persona. Por ejemplo, puedes ver a algún compañero de trabajo que coge su taza del escritorio y camina en dirección a la cafetera. Sabrás inmediatamente que quiere café “sin estar dentro de su cabeza”. O, por ejemplo, probando con una situación más compleja, puedes ver en el parque cómo una mujer le echa una mirada enfadada a un niño, cómo este corre a por la pelota, la recoge y corre tras la mujer. En tal situación inmediatamente inferiremos que la señora es la madre del niño, que el niño se trata de un niño poco obediente que ha estado jugando más de lo que su madre quería y que ha ido a recoger su juguete por no enfadarla más al reconocer su mirada visiblemente enfadada.

Leer-la-menteHome-300x300Como ves, no se trata de una habilidad basada en una lectura “real” de la mente del otro sino en una “aproximación a la mente del otro”, pero el caso es que en muchas ocasiones acertamos. El logro evolutivo no consiste tanto en saber qué piensas sino en saber que piensas.

Debido a su cotidianeidad, nos puede parecer una habilidad ramplona, no obstante no deja de ser sorprendente y, como hemos dicho, más que importante para la vida en sociedad. Es una habilidad que empleamos día a día y nos permite tener una concepcióon coherente y ordenada del mundo además de desenvolvernos sin grandes problemas. Somos capaces de ponernos “en el lugar del otro”, percibir (aproximarnos) sus deseos y creencias sin grandes esfuerzos y, si es el caso, actuar en consecuencia para competir o cooperar. Somos capaces de recurrir al “mundo interior” de la persona, explicar su comportamiento y explicar el nuestro en base a ello y a la vez sabemos que otras personas son capaces de saber lo mismo de nosotros. A partir de lo no observable explicamos lo que observamos.

Esta capacidad y la línea de estos estudios, por si quieres ampliar conceptos, se engloban bajo el concepto “teoría de la mente”.

¿Somos los únicos que disponemos de esta capacidad?

Para competir y cooperar de manera efectiva con otros en un grupo, los animales altamente socializados (como los humanos) deben ser capaces no sólo de reaccionar ante lo que otros están haciendo sino también de anticipar lo que harán. Una forma de acometer esto es observando lo que otros hacen en situaciones particulares y derivando una serie de “reglas de comportamiento”. Esto permitirá predecir comportamientos cuando una situación muy similar vuelva a presentarse. Otra forma de hacerlo -de hecho, una forma más flexible de hacerlo- es discernir directamente lo que otros están tratando de hacer, qué trata de conseguir del entorno y cuál es su meta. Esto permite predecir comportamientos no sólo de lo previamente observado sino también en situaciones nuevas.

Josep Call and Michael Tomasello (Max Planck Institute)

cabeza-de-un-chimpanceAsí resumen la cuestión de buena manera Josep Call y Michael Tomasello: ¿esta habilidad es una simple lectura de comportamientos o se trata de una “lectura de mentes” real? Parece que existe bastante acuerdo en que los humanos sí que ponemos en práctica la segunda manera, esto es, esa más flexible que consiste en inferir deseos y creencias en vez de inferir el simple curso de una acción a partir de una acción similar que hemos presenciado antes. Ahora bien, ¿qué hay de otras especies?

Los chimpancés, debido a su proximidad evolutiva con nosotros, han sido la especie elegida para someterse a tal prueba (al menos a las más famosas). En 1978, Premack y Woodruff (quienes acuñaran, además, el término “teoría de la mente”) hicieron un primer intento. Su experimento consistió en lo siguiente: hicieron que un chimpancé presenciara cómo un humano trataba de resolver ciertas pruebas, por ejemplo, alcanzar unos plátanos que pendían sobre sí. La solución tenía que darla señalando unos tarjetones con objetos dibujados. La solución correcta para esta situación sería la elección del tarjetón que tenía dibujada una caja sobre la que el humano podría subirse. El chimpancé resolvió satisfactoriamente varias pruebas.

Ahora bien, el trabajo no estuvo extento de críticas precisamente por la cuestión que señalan Call y Tomasello: ¿el chimpancé simplemente extrapolaba la solución de una situación anterior a esta o en verdad sabía que ese ser que tenía delante era alguien que quería unos plátanos y que la mejor forma de alcanzarlos era subiéndose a una caja? Es decir, ¿el chimpancé señalaba el tarjetón por simple unión condicionada u operante o se estaba poniendo en el punto de vista del otro, percibiendo sus deseos y creencias a partir del comportamiento como hacemos los humanos y eligiendo una solución acorde a ellos? ¿Trataba de solucionar “la situación” o trataba de solucionar “el deseo” del ser humano?

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Esquema de la prueba de Hare et al.

Se han desarrollado otros experimentos con la intención de resolver esta cuestión y si bien todavía existe discrepancia sobre la capacidad del chimpancé de inferir “estados mentales” en seres que actúan de una determinada manera, sí se admite que los chimpancés son capaces, como mínimo, de ponerse en cierta medida el punto de vista de otro y de actuar acorde a la información que maneja el otro en situaciones de competición. Un ejemplo de esto es la prueba que realizaron Hare et al. en donde un chimpancé debía competir con un humano para conseguir comida que se desplazaba en una cinta. El problema era que, aunque el humano no sabía debido a la disposición del experimento que había comida frente a él (lo tapaba un cristal opaco), si el chimpancé trataba de alcanzar la comida el humano vería las manos de su competidor, por lo que también iría a coger la comida. Para resolver “este problemilla” el chimpancé disponía de dos opciones: utilizar un carril opaco para alcanzar el alimento o un carril cristalino. El chimpancé eligió en la mayoría de las ocasiones el carril opaco. Es decir, supo “manejar” la información disponible para su contrincante con el objetivo de beneficiar el resultado para sí mismo de una manera ciertamente “mentalista” (nadie le avisó de que el carril opaco era mejor pero supo deducirlo a partir de la situación y, al parecer, a sabiendas de que su contrincante percibía una información diferente a la suya).

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Esquema de la prueba de Buttlemann et al.

También sabemos que los chimpancés son capaces de discriminar comportamientos similares que tienen una intención diferente. Tal cosa la pusieron a prueba Buttlemann et al. en el siguiente experimento. Mostraron a unos chimpancés un panel cuya manipulación acarreaba resultados interesantes (sonidos y luces, al estilo de un centro de juego como el que tienen los niños pequeños). Los chimpancés manipularon el panel sin que nadie les hubiese enseñado a hacerlo (para los chimpancés, así como para los humanos, las cosas se manipulan en vez de, por ejemplo, toquetearlas con los pies o con la lengua). Luego fueron testigos de cómo un humano cuyas manos estaban ocupadas por un peso trataba de manipular el panel con los pies. Los chimpancés, ante este comportamiento, siguieron manipulando el panel con las manos. Tras esto fueron testigos de cómo un humano, esta vez libre de carga en las manos, manipuló el aparato con los pies, como hizo su anterior compañero. Ante esto, algunos chimpancés eligieron “probar” a manejar el panel con los pies.

Esta discriminación de comportamientos en función de lo que han visto puede entenderse como un entendimiento por parte de los chimpancés tanto de lo que el humano quería como de que el modo en que lo hacía era por algo. Es decir, en la primera ocasión parecía como si infiriesen que el experimentador humano manejaba así el panel porque tenía las manos ocupadas, mientras que en la segunda ocasión parecieron inferir que el experimentador lo manejaba con los pies buscando, quizás, un resultado diferente o porque en verdad el panel debía manejarse así.

Aunque se buscan mayores y mejores evidencias de la capacidad del chimpancé de percibir “mentes ajenas”, la génesis de esta capacidad parece que aparece en nuestros ancestros primates, lo que constituye una prueba (otra más) de la utilidad evolutiva que supone ser “lectores de mentes”

+info: Does the chimpanzee have a theory of mind? 30 years later

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