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Foto-de-El-viento-de-los-saucesLa pregunta del título puede resultar llamativa. En primer lugar porque eso de ser “persona” parece limitado al ser humano, y la personalidad parece un concepto que brota directamente del status de persona. Pero ¿qué es la personalidad? Podemos definirla de manera amplia como todas aquellas variables psicológicas que permiten diferenciar a diferentes individuos de una misma especie. ¿Cuáles son estas variables?

¿Qué compone la personalidad?

El conjunto de variables que pueden considerarse como formativas de una personalidad es todavía motivo de discusión en las facultades de psicología. No obstante, si volvemos a echar un vistazo a la definición podemos darnos cuenta de que hay lugar para la pregunta del título: las variables psicológicas no son patrimonio exclusivo del ser humano. Aunque sea nuestra especie la que mayor complejidad presenta en esto de las variables psicológicas, no podemos omitir el hecho de que esa complejidad adviene del desarrollo gradual durante siglos y siglos de evolución del sistema nervioso, desde sus primitivas formas hasta su forma más avanzada.

Es decir, sabemos de sobra que esas variables psicológicas de las que disponemos, llamémoslas emociones y pautas de comportamiento, no han aparecido con nuestra especie. Sabemos que el resto de animales también se comporta. Sabemos que buena parte del resto de animales también disfruta de emociones: las emociones, al menos las primarias (miedo, alegría, tristeza, ira) no son algo nuevo sino que su sustrato fisiológico es más bien antiguo, son una útil cuestión adaptativa que nos acompaña desde hace mucho tiempo. Debido a esto, sabiendo que la personalidad la componen las diferencias interindividuales psicológicas y comportamentales, ¿no es posible considerar que los animales también disponen de una?

La respuesta es evidente y positva. Y la “personalidad” no se presenta sólo en especies de primates superiores como los chimpancés o los gorilas, sino en un amplio rango de animales estudiados: pulpos, perros, hienas, gatos, cerdos, burros… Multitud de estudios se han llevado a cabo para estudiar las diferencias interindividuales en otras especies con miras a aclarar las diferencias interindividuales que se presentan en la nuestra. Puede resultar gracioso lo siguiente, pero podemos hablar con total corrección sobre pulpos más osados que otros, hienas más curiosas que otras, monos más sociables que otros…

¿Cómo pueden tener personalidad otros animales?

Podemos revisar el tema siendo reduccionistas. Aunque el concepto de parsonalidad parece amplio y elevado como para acercarnos de manera reduccionista, puedes hacerte la siguiente pregunta: ¿qué es tu personalidad?

Hay diversos modelos de personalidad, pero muchos estudios sobre la personalidad en otras especies se han llevado a cabo atendiendo al Modelo de los Cinco Factores de la personalidad, el cual defiende que toda personalidad se configura según las “puntuaciones” individuales en las siguientes cinco variables bipolares: Neurótico – Emocionalmente Estable, Agradable – Desagradable, Extravertido – Intravertido, Abierto a la experiencia – Cerrado a la experiencia y Prudente – Impulsivo*. Estas variables se consideran macrovariables en cuya configuración participan variables más concretas. Por ejemplo, se puede calificar a una personalidad como extravertida gracias a un nivel elevado de sociabilidad, asertividad, actividad o de emociones positivas.

La cuestión que da lugar a mayores dudas puede ser la siguiente: ¿cómo se puede decir que un pulpo es extravertido del mismo modo que se dice de un humano? Por supuesto, no se puede decir que un humano manifieste extraversión de la misma manera en que lo hace un pulpo. Cada especie es compleja a su manera y manifiesta comportamientos propios de su especie: la extraversión de un humano se puede comprobar a través de su comportamiento en una fiesta, por ejemplo, mientras que la extraversión de un pulpo se puede comprobar gracias a sus reacciones en los momentos en que es alimentado en su acuario: hay pulpos que tenderán a esconderse en tales situaciones y otros que no lo harán. Es decir, podemos hablar de extraversión y de otras variables de personalidad en especies no humanas pero no podemos decir que otras especies manifiesten tal variable del mismo modo en que las manifestamos nosotros.

Tampoco se puede decir que todas las especies dispongan de la misma complejidad en cuanto a personalidad. No todas esas macrovariables existen en todas las especies y no en todas las especies que comparten macrovariables se han encontrado la misma cantidad de variables concretas que las manifiesten. Así, por ejemplo, mientras que en los pulpos la macrovariable Neurótico – Emocionalmente Estable sólo se ha podido observar gracias a la reactividad general de cada individuo en diversas situaciones, en perros se ha podido observar gracias a la reactividad emocional y a la excitabilidad.

Cabe destacar que sólo se ha observado la existencia de las cinco macrovariables en seres humanos y en chimpancés.

¿Y no será todo una proyección humana en comportamientos animales?

Hablar de personalidad en animales puede recordar ciertas estampas como perritos vestidos como personas y siendo tratados como personas. Hay quienes pueden considerar que esto de la “personalidad” en los animales no es más que otra manifestación de ese sector de humanos empeñados en hacer humanos a sus animales de compañía. La duda se agrava aún más cuando los estudios sobre la personalidad en otros animales se basan en la observación y en la interpretación de comportamientos que exhiban en diferentes situaciones. No obstante, estos estudios disponen de validez metodológica y de una concordancia en los hallazgos (en cuanto a las macrovariables existentes en cada especie y sus variables concretas) llevados a cabo en diferentes momentos y por diferentes observadores.

Otro punto a tener en cuenta es la “homogeneidad dentro de la variabilidad”, es decir, si debido a la segmentación de una especie en base a una variable biológica, por ejemplo, el sexo, puede encontrarse una cierta homogeneidad dentro de los individuos que se engloban dentro de esa variable diferenciadora. Así, por ejemplo, a pesar de la existencia de individuos humanos más emocionalmente estables que otros, si subdividimos a la especie en mujeres y hombres observamos que los hombres, como grupo, puntúan más alto en la escala de estabilidad emocional que las mujeres, como grupo. Podemos encontrar una subdivisión similar pero contraria en las hienas: las hembras hiena son menos neuróticas (más emocionalmente estables) que los machos. Esto se explica (de manera global, no individual) debido a la diferencia en la organización social de ambas especies (humanos y hienas). Mientras que en los humanos, de manera mayoritaria, el sistema gobernante ha sido el patriarcal, en las hienas podemos encontrar una organización matriarcal en donde las hembras exhiben mayores niveles de dominación y son más corpulentas.

Gracias a esta “homogeneidad dentro de la variabilidad” tenemos una demostración in vivo de que ciertas variables que influyen en las macrovariables de la personalidad pueden desprenderse de ciertas variables típicamente biológicas (véase el sexo o el tamaño corporal) presentes en todas las especies animales. Podemos comprobar gracias a esto que la personalidad responde a una cuestión adaptativa, no a algo “divino” o “humano”, por lo que no es tan descabellado pensar que los animales disponen de formas (aunque más básicas) de personalidad.

En resumen, hablar de personalidad en animales no es algo descabellado si comprendemos que la personalidad es un conjunto de variables de las cuales disponemos porque forman parte del bagaje evolutivo de nuestra especie y cuya configuración depende de la historia individual así como factores genéticos como ontogenéticos. La personalidad no es algo que aparece al nacer sino algo que se va configurando a lo largo de la vida gracias a lo que tenemos (nuestro cuerpo único, nuestro sistema nervioso único) y a lo que vivimos (la educación que recibimos, los problemas por los que pasamos, las personas que nos rodean, etc.) Así mismo ocurre en otras especies filogenéticamente avanzadas. Podemos decir que la personalidad no es algo que adviene por pertenecer a una especie o a otra sino por disponer de un sistema nervioso más o menos evolucionado, un sistema nervioso plástico, moldeable, no genéticamente determinado, que es la base de las diferencias individuales.

Aceptar la personalidad de otros animales no es tanto un intento de humanizarlos sino el deber de no olvidar que somos parte de ellos.

*Existen modelos que introducen nuevas macrovariables o eliminan algunas. La mayor consistencia en todos los modelos de personalidad se encuentra en las variables Neurótico- Emocionalmente Estable y Extravertido – Introvertido.

Lee más en “Personality dimensions in non-human animals: a cross-species review

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