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Sabemos que buena parte de el ser humano funciona sin que estemos pendientes de ello (la digestión, la respiración, los latidos del corazón…). Pero sabemos que al menos una parte de nosotros sobre la que consideramos que tenemos un control absoluto es el movimiento de nuestras extremidades y articulaciones. Nosotros, por “voluntad”, no podemos detener nuestro corazón o detener nuestra digestión, pero podemos mover nuestros brazos justo en la medida que deseamos, mover nuestras piernas como queremos, girar el cuello… Están ahí para servirnos.

¿Qué ocurre cuando parte de nuestro sistema motor se estropea, cuando tenemos problemas en las neuronas que nos permiten movernos? Un problema podría ser que dejásemos de movernos (como ocurre con las personas paralíticas) pero también el problema puede ser movernos demasiado. Podemos incurrir en los denominados trastornos hipercinéticos. Un ejemplo de esto es el balismo.

Sistemas y relación

Ilustración de las vías descendientes motoras que parten de la corteza cerebral motora hasta las neuronas motoras pasando por tallo cerebral y médula espinal.

Parte de nuestro sistema motor está compuesto por una serie de vías descendentes que parten de la corteza motora hasta las proximidades más distales y músculos de nuestro cuerpo. Por así decirlo, es el cableado que nos permite la acción. No es un sistema que actúe aislado, pues funciona en estrecha relación con el resto de sistemas formando una maquinaria completamente dotada para la supervivencia del ser humano (puedes aprender más sobre esto en “Las tres preguntas del movimiento“), pero podemos delimitarlo de esta forma. Con él movemos nuestro cuerpo a voluntad (y sin ella) y controlamos nuestra postura.

A este sistema hay que añadirle una especie de “sistema de control”, el denominado sistema modulador conformado por el cerebelo y los ganglios basales (núcleos neuronales que están en la base de nuestro cerebro, de ahí su nombre). Este sistema no interviene directamente en el movimiento (no emite órdenes a los músculos ni los inerva) pero sí “controla el tráfico” que está circulando inhibiendo o aumentando las señales eléctricas ajustando la actividad final (fundamentalmente, equilibrio y precisión).

Como pudimos ver en “El cerebelo de un alcohólico“, que este sistema se estropee conlleva la aparición de síntomas tales como desequilibrio, pérdida de reflejos y trastornos ciertamente incómodos como el que nos ocupa: el balismo.

ganglios

El núcleo subtalámico se señala en fucsia.

Trastornos como este se considera que aparecen ante un daño de uno de los núcleos basales denominado Núcleo Subtalámico o NST, aunque también se considera que el daño a otros núcleos próximos pueden causar este trastorno. Este núcleo pierde su capacidad moduladora de las señales que proceden del tálamo desde la corteza motora, por lo que, faltando esta “barrera de control” las extremidades se disparan espontáneamente, rasgo característico de este trastorno. Se considera que este núcleo está organizado somatotópicamente, es decir, que se organiza como si siguiera un mapa del cuerpo. Debido a esto, según el área del NST que esté afectada, diferentes partes del cuerpo presentarán balismo.

La carencia del control que ejerce este núcleo cerebral del ser humano afecta sobretodo a la musculatura del tronco a la musculatura más próxima de nuestras extremidades. Las extremidades parecen “enloquecidas” y se disparan a veces de una forma tan violenta que puede llegar a romperse la articulación e incluso llevar al paciente a un agotamiento mortal.

En este vídeo podemos ver a un paciente afectado de balismo. Trata de hacer movimientos sencillos con su brazo pero el malfuncionamiento de ese pequeño punto de su sistema modulador los convierte en algo muy diferente:

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